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viernes, 21 de agosto de 2020

SEPTIEMBRE, Pilar Galán


 

(…) Porque no se puede ser feliz en este tiempo muerto y lentísimo,

el indeseable paréntesis entre una vida que ya es mentira

y otra que no acaba de ser verdad del todo.

Ningún destino es tan ingrato

como el de las personas condenadas a vivir

eternamente en septiembre.

(A. Grandes)

La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.

La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.

La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.

Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.

Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.

Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al híper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.

Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.

Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Solo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.

Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.

Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.

—Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.

Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.

En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.

Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.

Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.

 

A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por el suelo. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.

Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.

Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no, te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.

Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.

Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.

A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.

Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del híper.

Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.

Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…

Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana tose cada vez más.

Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.

Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué, hija, tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo que querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.

Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.

Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.

Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.

Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.

Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.

Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, me pasan la mano por el pelo, me dan besos, me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, solo tú y tus hijos.

Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, siento el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y me duermo, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

 

domingo, 2 de agosto de 2020

EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO, Gabriel García Márquez


         Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         —Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

         —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

 

viernes, 31 de julio de 2020

LLUVIA, Ángela Martínez


Durante semanas se planeó la fiesta anual del ayuntamiento. Esta vez había de tener lugar al aire libre, en el campo, por lo que se tomaron las precauciones posibles.

Observatorio y pescadores fueron consultados, y el día fue cuidadosamente seleccionado; todos los augurios permitían suponer que sería el más perfecto del año.

Y de esta manera comenzó. Claro y hermoso, con abundante sol patinando sobre las parejas volcadas en el prado luminoso, que se llenó de canastas, de telas alegres, esparcidas sobre la hierba acogedora.

Y entonces, cuando todos disfrutaban de la fiesta, cuando nadie lo imaginaba, las primeras nubes ennegrecidas asomaron tímidas al final de los árboles, y las gotas de vanguardia, temblorosas y tibias, comenzaron a caer.

Los primeros que notaron la lluvia, callaron; trataron de ignorarla para hacerla desaparecer, pero ésta, tomando inesperada fuerza, se impuso sobre todas las predicciones.

Al principio creyeron que pasaría, que sólo sería una broma de la naturaleza, pero la lluvia, arreciando progresivamente, los hizo al fin, tras horas de espera al inútil abrigo de los árboles, regresar cabizbajos al pueblo, con la corriente sucia ya sobre los tobillos.

Llovió todo el resto del día y toda la noche. A la mañana siguiente continuaba lloviendo y, cuando después de tres días la situación comenzó a ser verdaderamente molesta, no mostraba indicios de cesar. 

Continuaron transcurriendo los días, y la lluvia, imperturbable, seguía envolviendo al pueblo. La gente ya se quejaba. El Observatorio era asediado a preguntas. Algunos culpaban a los astrónomos del extraño fenómeno. Los periódicos protestaban y hasta intentaban formular acusaciones, aunque no sabían exactamente a quién acusar.

Nadie salía de su casa sino por una imprescindible necesidad, y las casas y las calles empezaron a tomar aspecto húmedo, desolado.

Más días y semanas y meses transcurrieron, y mientras los científicos trataban de descubrir la causa de la misteriosa e incesante lluvia para detenerla, la gente comenzó a aburrirse en sus casas y a salir de nuevo. Las calles se animaron otra vez, e industrias como las de capas de agua y paraguas florecieron.

La inventiva popular se aguzó y pronto aparecieron objetos que hacían más cómoda la vida bajo el agua. Hasta los más tímidos abandonaron sus hogares y comenzaban a aprender a vivir en la lluvia.

Y así, a medida que pasaron los años, comenzó a operarse en los habitantes del pueblo un cambio extraño. Se acostumbraron de tal manera a su lluvia, que se sentían mejor bajo ella que dentro de sus casas. La mayoría dejó de usar paraguas u otros protectores. Las casas se derrumbaban por efecto de la prolongada humedad, y sus moradores no se preocupaban de rehacerlas, sino que se instalaban en el agua. Algunos llegaron a destruir ellos mismos sus hogares, ya absolutamente innecesarios.

Incluso el aspecto físico de la gente había cambiado. Sus extremidades tomaron forma de aletas, y todos lucían como si tuviesen agallas. Los niños que nacían aprendían a nadar de inmediato.

Eran por completo felices en el elemento líquido y hasta se enorgullecían de ser el único pueblo que contaba con lluvia constante. Si, por casualidad, algún joven aventurero se atrevía a traspasar los límites del pueblo, fuera de los cuales no llovía, regresaba aterrado y arrepentido de su experiencia.

Mas, de repente, tal como había venido, sin un aviso, sin una señal, cesó la lluvia y salió de nuevo el sol, y los habitantes del pueblo de mi historia no pudieron sufrir esta vez un nuevo cambio; debilitados en su capacidad de adaptación, no se sintieron lo suficientemente fuertes para intentar un retorno a su existencia anterior, por lo que fueron muriendo poco a poco, como peces al aire, enterrados en el fango.

Algunos dirán que la suerte de estas gentes ha sido demasiado cruel, pero la vida desconoce la piedad. Hoy el pueblo no es más que un recuerdo en la memoria de algunos que se dicen supervivientes, pero que ni siquiera recuerdan cómo se llamaba. O si verdaderamente existió, y esto es lo único cierto.

Cuentos cubanos (Antología), Laia. 

sábado, 19 de enero de 2019

MANUAL DE ORTOGRAFÍA, Pilar Galán.

 
  No preguntas nunca, me acaricias. Dibujas interrogaciones con tus dedos. Me llenas de puntos suspensivos, salpicas la cama de cursivas.

     Intento hablar, no me dejas, me tapas la boca con tus manos, me llenas la boca de tus manos, como si atraparas mis palabras, me arrancas las cosas que quiero decirte y las arrojas fuera.
(...)
     Luego, abrazada a ti, pregunto, no contestas, no me mimas, no dejas ni un resquicio a la esperanza. Dices, acabará pronto, tiene que acabarse, mientras tus dedos acarician mi espalda, te irás, cuando tú quieras, somos libres. Dejas caer tus palabras con descuido, sin miedo, certeras como dardos, agudas. Las recibo en silencio, sin protesta, me dejo hacer. Como siempre, también en esto me llevas ventaja.
(...)
     Luego me ducho rápido, en silencio. Me da vergüenza mostrarte ahora mi cuerpo desnudo. Salgo disparada, sin mirarte, pero aún me queda aguantar tus bromas, tu intento según tú de quitar hierro a los asuntos...

     A cada duda respondes con certezas. Digo, me hace daño venir. Dices tú, no vengas. No es tan fácil, te contesto. Si te sientes mal, no vengas, repites, tan distante que dan ganas de arrojarte a la cara tus caricias.

     Hablas mejor que yo, al menos de estos temas. Estás acostumbrado a tratar con sentimientos: los vendes, los pesas y analizas, subrayas, recortas, coloreas. Pones negritas y mayúsculas, llevas una base de datos con comillas. De cuando en cuando sacas una frase, la agitas ante mí, la estiras, desempolvas su sujeto y predicado. Esto dijiste la semana pasada. Otra vez prometiste que no iba a pasar nunca más. No te quejes ahora. 

     No puedo pelear contigo en ese campo, tienes razón. Me asustan tus adverbios: nunca, siempre, ahora, sobre todo ese ahora elástico y perecedero en que quieres instalar lo que me pasa. Que dure lo que tenga que durar, me dices, eligiendo con mimo las palabras.

     Yo me callo. Me trago sustantivos, nexos, oraciones enteras. No me atrevo a hablar. Sé que tú tampoco, que lo que me dices no es del todo cierto, que te has blindado contra mí para no hacerte daño. Te prefería al principio, sobre todo, cuando jurábamos de verdad que las cosas eran imposibles, que nada iba a suceder, que no podíamos ser tan locos. Cuando intento decírtelo, te sonríes. Si sé que vas a dejarme para qué enamorarme de ti, no puedo enamorarme de alguien que no me necesite.

     Asiento, con un nudo en la garganta, con un tapón que forman subjuntivos, los si fuera del mundo, los acasos, los ojalá que me prohibes porque no tienen sentido. Solo hablamos en imperativos e indicativos. Nunca condicionales, nunca deseos. Tu gramática no deja lugar al imperfecta, no caben tampoco los futuros. En tu sintaxis todo es enunciativo, breve, rápido y certero.

     Dices, si no quieres venir, no vengas, no me llames, no me busques. Sé sensata. No utilizas nunca un adjetivo. Tu lingüística está hecha con los años que me sacas, a jirones de otras mujeres, de cosas pasadas, y la impones con energía a tu discípula, sin piedad alguna por mi bien. Sigue las instrucciones y no saldrás dañada. Pero yo no puedo ser tan fría.
(...)
     Al compás de los días enhebro mi discurso, reparto con cuidado conjunciones, añado núcleos mentirosos, digo: tenemos que dejarlo, me haces daño, pero mi mano se empeña en escribir, acude, corre, dame besos, deja que mi cuerpo nazca par tus dedos, dibuja otra vez interrogaciones, no preguntes.

     Salpico mi texto de cursivas, subrayo lo importante, distribuyo mayúsculas y negritas, razono, expongo mi tesis, intento ser sensata, construyo un texto argumentativo, te narro, dialogo, trato de describirte, me convierto en narrador omnisciente, me vuelvo personaje, escribo prólogos y epílogos, me muero por borrarte de mi índice.

     Con mi texto corregido, te llamo el día anterior como una niña, temblando de los pies a la cabeza, presintiendo como siempre que vuelvo a equivocarme. La pasión empieza en el segundo exacto en que empiezo a marcar tu número.
(...)
     Contestas por fin. (...) Luego, como siempre, hago el ridículo.
(...)
     No preguntas nada, me acaricias, dibujas interrogaciones con tus dedos, salpicas la cama de cursivas. Mi cuerpo es tu folio en blanco, lo dibujas, lo llenas de palabras nunca dichas, arrancas jadeos y aliteraciones, curvas de entonación, acentos, súplicas... Me muero en cada palabra que no dices, despierto en cada caricia sin sonido.

     No preguntas nada, solo recorres las páginas con tus manos, borrando subrayados, tesis, conclusiones, riéndote a carcajadas del narrador omnisciente, mezclando descripciones, comas, negritas y mayúsculas.

     Y, cuando estoy vacía, me llenas de nuevo, con tus signos.

     Pon punto final.

     Te lo suplico.

domingo, 16 de septiembre de 2018

PANCHATANTRA: El chacal y el cocodrilo


El chacal y el cocodrilo




Érase una vez un pequeño y astuto chacal que muy hambriento rondaba por la orilla del gran río en busca de algún pececillo o cangrejito con que alimentarse.
Pero en el fondo del río vivía un enorme cocodrilo, que también estaba hambriento y que, escondido entre el barro y las cañas, espiaba al chacal en espera de que en cualquier momento diese un paso en falso y cayera al agua para comérselo.

En varias ocasiones a punto estuvo el chacal de meterse precisamente en la boca del cocodrilo, pero valiéndose de su astucia logró salvarse del mortal peligro.

Entonces, temeroso de ser engullido por el feroz cocodrilo, el chacal decidió irse a pescar a otro lugar del río, donde no estuviera bajo la constante amenaza del saurio. Pero éste, muerto de hambre y loco de rabia al ver que se le escapaba tan rico bocado, determinó salir del río e ir en busca de la guarida del chacal para vengarse de él. Y ésa fue su perdición, porque enterado el astuto chacal de que el cocodrilo aguardaba en el interior de su madriguera para comérselo, encendió una enorme hoguera a la entrada hasta que el enemigo, impotente para franquear la barrera de llamas, quedó reducido a un montón de cenizas.



El elemento propio da fuerza y confianza; salirse de él es un riesgo imprudente.

PANCHATANTRA: El león y el chacal

EL LEÓN Y EL CHACAL.

En cierta región de un bosque vivía un león llamado Kharanakhara que corriendo un día hambriento por todas partes no pudo cazar ninguna bestia. A eso de la puesta del sol, llegó a una gran cueva, entró en ella y pensó: «Seguramente que algún animal vendrá a pasar la noche en esta cueva; de modo que me voy a quedar aquí escondido». Estando allí en tal situación, llegó el dueño de la cueva, que era un chacal llamado Adhipuchchha, el cual miró y vio las huellas del pie de un león que había entrado y no salido de la cueva. Entonces pensó: «¡Ah!, perdido estoy; seguramente que aquí dentro hay un león. ¿Qué hago? ¿Cómo he de huir?». Pensando así y sin moverse de la puerta empezó a gritar:
-¡Eh, caverna, ce! 
Dicho esto, añadió de nuevo:
- Ce, ¿ignoras que tienes un pacto conmigo, según el cual yo te he de hablar al venir de fuera y tú me has de responder? Si no me respondes, pues, me voy a otra gruta.
El león al oír esto pensó: «Sin duda que la caverna invita a éste siempre que viene y hoy se calla por temor a mí. Pues se ha dicho esto.Voy, pues, a llamarle yo para que entre y me sirva de comida". 

Habiéndolo pensado así, le llamó. El rugido del león llenó todo el ámbito de la caverna, retumbando en ella cien veces; de tal modo, que puso en fuga hasta las bestias que estaban lejos. El chacal huyó enseguida a todo correr y recitó esta zloka:
Quien procede con cautela vive feliz, y no vive el que obra sin discernimiento. Yo me he hecho viejo viviendo en el bosque, y nunca he oído que una cueva hable.

*zloka: forma de verso o estrofa desarrollada en la literatura hindú. 

viernes, 8 de junio de 2018

PAULO COELHO: Fábula del lápiz.


FÁBULA DEL LÁPIZ.

 El niñito miraba a la abuela escribir una carta. En un momento dado, le preguntó:
.-Abuela, ¿estás escribiendo una historia que nos sucedió a nosotros? ¿Es por casualidad, una historia sobre mí?
 La abuela dejó de escribir, sonrió y le comentó al nieto:
.- Estoy escribiendo sobre ti, es verdad.  Ahora bien, más importante que las palabras es el lápiz que estoy usando.  Me gustaría que tú fueras como él, cuando crezcas.
El niño miró el lápiz, intrigado, y no vio nada especial.
.- ¡Pero, si es igual a todos los lápices que he visto en mi vida! Todo depende de cómo mires las cosas.  Hay cinco cualidades en él que, si consigues conservarlas, te harán siempre una persona en paz con el mundo.
Primera cualidad:
.-Puedes hacer grandes cosas, pero no debes olvidar nunca que existe una Mano que guía tus pasos. A esa Mano la llamamos Dios y Él debe conducirte siempre en la dirección de su voluntad.
Segunda cualidad:
.-De vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas.  Con eso el lápiz sufre un poco, pero al final está más afilado.  Por tanto, has de saber soportar algunos dolores, porque te harán ser una persona mejor.
Tercera cualidad:
.-El lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores.  Debes entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente algo malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.
Cuarta cualidad:
.-Lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior,  sino el grafito que lleva dentro.  Por tanto, cuida siempre lo que ocurre dentro de ti.
Por último, la quinta cualidad del lápiz:
.-Siempre deja una marca. Del mismo modo, has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente de todas tus acciones.

Paulo Coelho de su libro “Como el Río que fluye: Pensamientos y Reflexiones 1998-2005.




PROYECTO SHEREZADE: Imagínate que te quiero.



IMAGÍNATE QUE TE QUIERO.

El graffiti, con una horrenda caligrafía y sin ningún afán artístico, pudo ser leído por todos al llegar aquella mañana a las puertas del Instituto:

IMAGÍNATE QUE TE QUIERO

La sorpresa fue mayúscula. El Instituto siempre había estado libre de pintadas, lo cual era un misterio porque en la ciudad proliferaban en cualquier pared libre que tuviera más de un metro de ancho.
-Verás cuando lo vea el dire.
-¿A quién se le habrá ocurrido?
-Ya ni aquí nos libramos.
-¡Qué romántico!
-¡Qué mal gusto!
-A mí, seguro que me lo han escrito a mí.
Mario escuchaba los comentarios mientras se dirigía a clase y aún allí el tema siguió presente, desde el saludo del profesor, abominando de los salvajes que se dedicaban a destrozar la estética de la ciudad, hasta los cuchicheos de Silvia, que le interesaban bastante más que las opiniones de su profe de Matemáticas.
-¿Quién habrá sido? ¿Por qué lo habrán escrito?
Mario no perdió la oportunidad. Desde que empezó el curso y se fijó en Silvia, esperaba cualquier excusa que le permitiera acercarse a ella, y desde luego no le había pasado desapercibido el afán de enterarse de todo que tenía la muchacha, esa bendita curiosidad que él iba a aprovechar.
-No es difícil de imaginar.
-¿Que no? ¿Qué imaginas tú, Mario? El profesor ya había empezado la clase, así que Mario susurró: "luego, en el recreo". Le encantó ver a Silvia inquieta las primeras horas de clase y dirigiéndole miradas urgentes que le indicaban que había conseguido captar su atención y que estaba esperando ansiosamente el recreo.
-Mira, no hay más que fijarse en la letra y en el tipo de tinta. No todo el mundo va con sprays marrones en los bolsillos -sentado en la escalera de la entrada, Mario tenía un pequeño auditorio interesado en sus palabras aunque él sólo miraba a Silvia-. La letra es malísima y desigual. El color nada llamativo, poco artístico, así que tiene que ser alguien que no ha hecho un graffiti en su vida. Además, si os fijáis, parece que iba a seguir escribiendo; tiene el aspecto de una pintada incompleta. Igual pasó alguien, o tuvo miedo de que lo vieran o la persona a la que escribía le dijo que no hacía falta que siguiera.
-Entonces, ¿tú piensas que es un hombre? -le preguntó Silvia.
-Yo creo que es un chico joven, como nosotros. Creo que pasa por aquí delante habitualmente, con su novia en la moto.
-¿Por qué en la moto?
Mario continuó con su hipótesis.
-No sé, lo imagino así. El graffiti es precipitado, no es bonito. Parece que ha elegido el instituto porque le cogía de paso, porque era la pared más cercana en aquel momento. Ni siquiera parece haberle importado que el color marrón destaque poco sobre los ladrillos rojos. Creo que estaba peleando con su novia, que peleaban habitualmente. Que ella desconfiaba de su cariño y que él, para demostrárselo, decidió hacer algo extraño en él: buscar cualquier pintura, saltar la valla de un edificio público, pintar... Primero pensó escribirle una declaración de amor, pero luego pensó en un reto y lo hizo allí, delante de ella, adelantándole las palabras que iba a escribir. Ella no lo dejó terminar. Creo que la sorprendió el gesto, que la conmovió. Puede que por algún tiempo abandone sus dudas, que lo mime...
Cuando Mario suspendió su discurso, el grupito reaccionó sorprendido.
-Hijo, qué imaginación -soltó una de las amigas de Silvia. Ésta parecía extasiada. Dirigió una mirada soñadora a las motos aparcadas en la puerta. La gente había empezado a abandonar el patio y a dirigirse a las clases. Mario oía retazos de conversaciones con los temas habituales y sonrió ligeramente. Se alegró de que Silvia pareciera ser la más interesada en el graffiti, en la historia del graffiti. Hubiese preferido que estuviera más interesada en él que en sus historias, pero a falta de pan...Al día siguiente la pintada seguía en su sitio. Mario, en el recreo, volvió a sentarse en las escaleras, en el mismo sitio del día anterior, deseando que Silvia acudiera, dispuesto a inventar cualquier historia para ella. Y no supo si fue la fuerza de su deseo, pero antes de acabarse el bocadillo apareció con una de sus amigas.
-Mario, la historia que nos contaste ayer... ¿es que tú conoces a esa gente?
-No, Silvia, no los conozco. A veces he visto por el barrio alguna pareja en moto, a veces los he oído discutir. Lo demás lo he imaginado. Uno puede imaginar cualquier cosa. Algunas noches también he visto a dos chavales que corren por aquí. Imagínate que uno de ellos se ha enamorado del otro pero que tiene miedo de decírselo porque sabe que sus preferencias son distintas a las suyas.
-¿Un marica?
-¿Por qué no? Llevan mucho tiempo compartiendo esos entrenamientos nocturnos. Hablan de competiciones, miden tiempos, comparten información. Uno de ellos no tiene ni idea de lo que siente el otro; ni siquiera sospecha que sea homosexual. Y éste, cada vez más atenazado por su secreto, decide hacérselo llegar, de alguna manera. Una noche lleva riñonera y un spray, salta la valla, pinta y sigue corriendo. El amigo se queda estupefacto. Primero, de verlo alejarse y saltar. Va a preguntarle qué es lo que está haciendo pero lee la pintada y se queda mudo. Piensa en silencio y sólo le dice que está loco. No se atreve a preguntar nada. Empieza a sospechar y a atar hilos sueltos. Le da miedo hablar, perder a su compañero de entrenamientos y ni siquiera sabe si al día siguiente va a ser capaz de salir a correr con él.
-Seguro que lo manda a hacer puñetas -a la amiga de Silvia el comentario le ha salido del alma.
-Yo anoche los vi correr -afirma Mario sonriendo. Silvia lo mira con una mezcla de desconfianza, sorpresa e interés. ¿A qué está jugando Mario?. Ayer le cuenta una historia romántica preciosa y hoy sale con este extraño rollo de los corredores. Pero Mario no le da tiempo para que pregunte nada; prácticamente la deja con la palabra en la boca y le dice que tiene que irse a clase, que el recreo hace cinco minutos que ha terminado. Luego, en clase, él está tan atento como siempre a las explicaciones de los profesores, o al menos eso parece.
El tercer día después del graffiti, Mario encuentra a Silvia cuando él llega a las escaleras. Ella se le ha adelantado y está allí con su amiga del día anterior.
-Venga Mario, te estamos esperando. No te nos escapes como ayer. Explícanos de verdad qué sabes tú del graffiti.
Mario sonríe verdaderamente divertido. Nunca pensó en un éxito tal.
-Pues sí que sé la historia de verdad, pero no sé si debo contarla. Ha llegado hoy a mis oídos por casualidad, de la manera más extraña.
-Venga Mario, no seas así, enróllate.
Mario mira alrededor por comprobar si alguien escucha pero los demás están en lo suyo.
-El graffiti lo ha hecho un profesor -dice, y calla observando las miradas incrédulas de las dos amigas-. Se ha enamorado de una compañera. Ella está casada, pero es muy fantasiosa y él ha pensado que podía ser una manera divertida de atraerla. Ella se ha enfadado mucho cuando él se lo ha dejado caer, pero da la impresión de que ha logrado un primer paso. Parece increíble.
-¿Y quiénes se supone que son los dos profesores? -pregunta Silvia inquisidora.
Mario vuelve a mirar alrededor y baja un poco la voz.
-El de Matemáticas..., y la de Ética.
A sus palabras le responden dos sonoras y estruendosas carcajadas.
-Eres el colmo. ¡Qué embustero! ¿Es que no nos vas a decir la verdad?
-El de Matemáticas... y la de Ética... ¡Venga ya!
Las muchachas lo miran y vuelven a reírse; ¡este Mario! Luego se marchan escaleras arriba. Mario las mira. Mira sobre todo la espalda de Silvia, la melena de Silvia. Oye su risa. No sabe si ella va a volver a buscarlo mañana. No sabe, si vuelve, qué historia va a contarle mañana. Sí sabe que no va a atreverse a contarle la historia de verdad, esa que ella no puede imaginar. Que él, hace tres noches, saltó una valla por pensar que tenía la remota posibilidad de intrigarla y poder convertirse en la pobre imitación de Sherezade que ahora era.
Mario sonríe. ¿Qué va a hacer si no?

Arriba, en el muro de ladrillos, y por orden del director, el señor de mantenimiento está rociando la pintada con un buen chorro de disolvente.

Rosario Aguilera Costales.

BIOGRAFÍA PARA TODOS, Antonio Colinas

  Ten sueños altos ahora que eres joven,  pues el tiempo feroz segará pronto tus manos, y tus ojos, y tus labios.  Gozarás hasta entonces de...