miércoles, 15 de noviembre de 2023

LIBRO DE BUEN AMOR, Arcipreste de Hita: "Disputa entre griegos y romanos"

 Entiende bien mis dichos y medita su esencia; 

no me ocurra contigo como al doctor de Grecia 

con el patán de Roma y su poca sapiencia 

cuando Roma pidió a Grecia su gran ciencia. 

 

Así ocurrió que Roma de leyes carecía; 

se las pidió a Grecia, que buenas las tenía. 

Respondieron los griegos que no las merecía 

ni habrían de entenderlas, ya que nada sabían. 

 

Pero, si las quería para de ellas usar, 

con los sabios de Grecia debería tratar, 

mostrar si las comprenden y merecen lograr; 

esta respuesta hermosa daban por se excusar].

 

Los romanos mostraron en seguida su agrado; 

la disputa aceptaron en contrato firmado 

mas, como no entendían idioma desusado, 

pidieron dialogar por señas de letrado. 

 

Fijaron una fecha para ir a contender; 

los romanos se afligen, no sabiendo qué hacer, 

pues, al no ser letrados, no podrán entender 

a los griegos doctores y su mucho saber. 

 

Estando en esta cuita, sugirió un ciudadano 

tomar para el certamen a un bellaco romano 

que, como Dios quisiera, señales con la mano 

hiciera en la disputa y fue consejo sano. 


A un gran bellaco astuto se apresuran a ir 

y le dicen: -"Con Grecia hemos de discutir; 

por disputar por señas, lo que quieras pedir 

te daremos, si sabes de este trance salir". 

 

Vistiéronle muy ricos paños de gran valía 

cual si fuese doctor en la filosofía. 

Dijo desde un sitial, con bravuconería: 

"Ya pueden venir griegos con su sabiduría". 
 

Entonces llegó un griego, doctor muy esmerado, 
famoso entre los griegos, entre todos loado; 

subió en otro sitial, todo el pueblo juntado. 

Comenzaron sus señas, como era lo tratado. 

 

El griego, reposado, se levantó a mostrar 

un dedo, el que tenemos más cerca del pulgar, 

y luego se sentó en el mismo lugar. 

Levantóse el bigardo, frunce el ceño al mirar. 

 

Mostró luego tres dedos hacia el griego tendidos 

el pulgar y otros dos con aquél recogidos 

a manera de arpón, los otros encogidos. 

Sientáse luego el necio, mirando sus vestidos. 

 

Levantándose el griego, tendió la palma llana 

y volvióse a sentar, tranquila su alma sana; 

levántase el bellaco con fantasía vana, 

mostró el puño cerrado, de pelea con gana. 

 

Ante todos los suyos opina el sabio griego: 

"Merecen los romanos la ley, no se la niego." 

Levantáronse todos con paz y con sosiego, 

¡gran honra tuvo Roma por un vil andariego! 

 

Preguntaron al griego qué fue lo discutido 

y lo que aquel romano le había respondido: 

"Afirmé que hay un Dios y el romano entendido 

tres en uno, me dijo, con su signo seguido. 

 

"Yo: que en la mano tiene todo a su voluntad; 

él: que domina al mundo su poder, y es verdad. 

Si saben comprender la Santa Trinidad, 

de las leyes merecen tener seguridad." 

 

Preguntan al bellaco por su interpretación: 

"Echarme un ojo fuera, tal era su intención 

al enseñar un dedo, y con indignación 

le respondí airado, con determinación, 


que yo le quebraría, delante de las gentes, 

con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes. 

Dijo él que su yo no le paraba mientes, 

a palmadas pondría mis orejas calientes. 

 

"Entonces hice seña de darle una puñada 

que ni en toda su vida la vería vengada; 

cuando vio la pelea tan mal aparejada 

no siguió amenazando a quien no teme nada". 

 

Por eso afirma el dicho de aquella vieja ardida 

que no hay mala palabra si no es a mal tenida, 

toda frase es bien dicha cuando es bien entendida. 

entiende bien mi libro, tendrás buena guarida. 

 

La burla que escuchares no la tengas por vil, 

la idea de este libro entiéndela, sutil; 

pues del bien y del mal, ni un poeta entre mil 

hallarás que hablar sepa con decoro gentil. 

 

Hallarás muchas garzas, sin encontrar un huevo, 

remendar bien no es cosa de cualquier sastre nuevo 

a trovar locamente no creas que me muevo, 

lo que Buen Amor dice, con razones te pruebo. 

 

En general, a todos dedico mi escritura; 

los cuerdos, con buen seso, encontrarán cordura; 

los mancebos livianos guárdense de locura; 

escoja lo mejor el de buenaventura. 

 

Son, las de Buen Amor razones encubiertas; 

medita donde hallares señal y lección ciertas, 

si la razón entiendes y la intención aciertas, 

donde ahora maldades, quizá consejo  adviertas. 

 

Donde creas que miente, dice mayor verdad, 

en las coplas pulidas yace gran fealdad; 

si el libro es bueno o malo por las notas juzgad, 

las coplas y las notas load o denostad. 

 

De músico instrumento yo, libro, soy pariente; 

si tocas bien o mal te diré ciertamente; 

en lo que te interese, con sosiego detente 

y si sabes pulsarme, me tendrás en la mente. 

 

lunes, 7 de agosto de 2023

MANIFIESTO POR LA LECTURA, Irene Vallejo

 Enamorados de la aceleración, nos deslumbran las conexiones instantáneas, los procesadores vertiginosos, el milagro de oprimir una tecla y comunicarnos de inmediato a través de inmensas distracciones. Pero toda esa tecnología rápida y fabulosa es hija de una máquina que trabaja despacio: el cerebro. Y es precisamente su lentitud el secreto de su refinado funcionamiento... Presos de la prisa, hemos arrinconado la educación de la paciencia. A esta falta de serenidad cognitiva podemos denominarla crisis de distracción. Guy Debord afirmó que nuestro tiempo nos empuja a ser más espectadores que lectores... Leer no es tan pasivo como oír o ver; es recreación y efervescencia mental. Leemos a nuestro propio ritmo, modulamos la velocidad, interiorizamos lo que queremos asimilar y no lo que nos arrojan con tal ímpetu y volumen que acabamos apabullados... Los libros emergen como aliados para recuperar el placer de la concentración, la intimidad y la calma. Por eso, leer puede ser un acto de resistencia. 

Leer nos enseña a hablar, nos educa en el arte del diálogo. "Los libros hacen los labios" solía decir el maestro de retórica Quintiliano hace veinte siglos... En lo leído está el vocabulario de nuestras propias vidas. Todos somos a nuestra manera narradores y necesitamos las palabras apropiadas para contar y contarnos cada día, para convencer y encantar a quienes nos escuchan. Por este motivo, quienes leen son capaces de exteriorizar con más claridad sus ideas, traducir en palabras sus emociones, ordenar y verbalizar el trayecto de su aprendizaje...

Los niños que leen más hablan y escriben mejor. Nuestro fracaso escolar es, básicamente, un fracaso lingüístico. Y lo es incluso en matemáticas. 

                                                                        Irene Vallejo, Manifiesto por la lectura, Siruela, 2020.

martes, 1 de noviembre de 2022

RIMA XLII, Bécquer

 


Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de donde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche, 
en ira y en piedad se anegó el alma, 
¡y entonces comprendí por qué se llora!
¡y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor… con pena
logré balbucear breves palabras…
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo…
Me hacía un gran favor… Le di las gracias. 


martes, 25 de octubre de 2022

ARTÍCULO DE COSTUMBRES, Larra: "Vuelva usted mañana"

  


Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza (…)

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero (…)

Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista (…) 

Un extranjero de estos fue el que se presentó en mi casa... Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro.

-Mirad -le dije-, monsieur Sans-délai -que así se llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.

-Ciertamente -me contestó-. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (…), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días.

Al llegar aquí monsieur Sans-délai traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.

-Permitidme, monsieur Sans-délai -le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.

-¿Cómo?

-Dentro de quince meses estáis aquí todavía.

-¿Os burláis?

-No por cierto.

-¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!

-Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.

-¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal siempre de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.

-Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.

-¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.

-Todos os comunicarán su inercia.

Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.

Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos.

-Vuelva usted mañana -nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.

-Vuelva usted mañana -nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.

-Vuelva usted mañana -nos respondió al otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.

-Vuelva usted mañana -nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.

-¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio».

A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

-¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? -le dije al llegar a estas pruebas.

-Me parece que son hombres singulares...

-Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.

Presentose con todo, yendo y viniendo días, una proposición que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.

A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.

-Vuelva usted mañana -nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy.

«Grande causa le habrá detenido», dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.  Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:

-Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.

-Grandes negocios habrán cargado sobre él -dije yo.

Busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar.

-Es imposible verle hoy -le dije a mi compañero-; su señoría está en efecto ocupadísimo.

(…) Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasose al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.

-De aquí se remitió con fecha de tantos -decían en uno.

-Aquí no ha llegado nada -decían en otro.

-¡Voto va! -dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?

Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!

-Es indispensable -dijo el oficial con voz campanuda-, que esas cosas vayan por sus trámites regulares. (...)

Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía:

«A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado.»

-¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai -exclamé riéndome a carcajadas-; éste es nuestro negocio.

Pero monsieur Sans-délai se daba a todos diablos.

-¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: «Vuelva usted mañana», y cuando este dichoso «mañana» llega en fin, nos dicen redondamente que «no»? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras.

-¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

(…)

Concluida esta filípica, fuime en busca de mi Sans-délai.

-Me marcho, señor Fígaro -me dijo-. En este país «no hay tiempo» para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.

-¡Ay, mi amigo! -le dije-, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.

-¿Es posible?

-¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...

Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.

-Vuelva usted mañana -nos decían en todas partes-, porque hoy no se ve.

-Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial.

Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentose con decir:

-Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!

Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino «volver siempre mañana», y que a la vuelta de tanto «mañana», eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas,  perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve   en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé «Vuelva usted mañana»; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: «¡Eh!, ¡mañana le escribiré!». Da gracias a que llegó por fin este mañana que no es del todo malo: pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!

El Pobrecito Hablador, n.º 11, enero de 1833.1














Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes



miércoles, 21 de septiembre de 2022

TEATRO CRÍTICO UNIVERSAL, Feijoo (sobre las modas)

              Siempre la moda fue la moda. Quiero decir que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos.


Esto lo lleva de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia. El tiempo todo lo destruye. A lo que no quita la vida, quita la gracia… Piensan algunos que la variación de las modas depende de que sucesivamente se va refinando más el gusto, o la inventiva de los hombres cada día es más delicada. ¡Notable engaño! No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aún dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se juzga que lo es, y por lo común se juzga mal. Los modos de vestir que hoy llamamos nuevos, por la mayor parte son antiquísimos. […]

Pero, aunque en todos tiempos reinó la moda, está sobre muy distinto pie en éste que en los pasados su imperio. Antes el gusto mandaba en la moda, ahora la moda manda en el gusto. Ya no se deja un modo de vestir porque fastidia, ni porque el nuevo parece o más conveniente o más airoso. Aunque aquel sea y parezca mejor, se deja porque así lo manda la moda. Antes se atendía a la mejoría, aunque fuese solo imaginada, o, por lo menos, un nuevo uso, por ser nuevo agradaba y, hecho agradable, se admitía; ahora, aun cuando no agrade, se admite solo por ser nuevo. Malo sería que fuese tan inconstante el gusto, pero peor es que, sin interesarse el gusto, haya tanta inconstancia. De suerte que la moda se ha hecho un dueño tirano y, sobre tirano, importuno, que cada día pone nuevas leyes para sacar cada día nuevos tributos; pues cada nuevo uso que introduce es un nuevo impuesto sobre las haciendas. No se trajo cuatro días el vestido cuando es preciso arrimarle como inútil y, sin estar usado, se ha de condenar como viejo. Nunca menudearon tanto las modas como ahora, ni con mucho.


·                ¿Qué se critica en el texto?
·                Enumera los argumentos que se dan para hacer esa crítica.
·               ¿Estás de acuerdo con dichos argumentos? ¿Qué opinas tú sobre el tema?

domingo, 21 de agosto de 2022

JULIA DE BURGOS, Río Grande de Loíza

 


Río Grande de Loíza

 

¡Río Grande de Loíza!... Alárgate en mi espíritu

y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos

para buscar la fuente que te robó de niño

y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.


Enróscate en mis labios y deja que te beba,

para sentirte mío por un breve momento,

y esconderte del mundo y en ti mismo esconderte,

y oír voces de asombro en la boca del viento.


Apéate un instante del lomo de la tierra,

y busca de mis ansias el íntimo secreto;

confúndete en el vuelo de mi ave fantasía,

y déjame una rosa de agua en mis ensueños.


¡Río Grande de Loíza!... Mi manantial, mi río,

desde que alzome al mundo el pétalo materno;

contigo se bajaron desde las rudas cuestas,

a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;

y mi niñez fue toda un poema en el río,

y un río en el poema de mis primeros sueños.


Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida

prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;

y fui tuya mil veces, y en un bello romance

me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.


¿A dónde te llevaste las aguas que bañaron

mis formas, en espiga de sol recién abierto?


¡Quién sabe en qué remoto país mediterráneo

algún fauno en la playa me estará poseyendo!


¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra lejana

me estaré derramando para abrir surcos nuevos;

o si acaso, cansada de morder corazones,

me estaré congelando en cristales de hielo!


¡Río Grande de Loíza!... Azul. Moreno. Rojo.

Espejo azul, caído pedazo azul de cielo;

desnuda carne blanca que se te vuelve negra

cada vez que la noche se te mete en el lecho;

roja franja de sangre, cuando bajo la lluvia

a torrentes su barro te vomitan los cerros.


Río hombre, pero hombre con pureza de río,

porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.


Muy señor río mío. Río hombre. Unico hombre

que ha besado mi alma al besar en mi cuerpo.


¡Río Grande de Loíza!... Río grande. Llanto grande.

El más grande de todos nuestros llantos isleños,

si no fuera más grande el que de mí se sale

por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.

 


 

sábado, 20 de agosto de 2022

EDUARDO GALEANO, Sueñan las pulgas con comprarse un perro

 

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: 

Que no son, aunque sean. 

Que no hablan idiomas, sino dialectos. 

Que no profesan religiones, sino supersticiones. 

Que no hacen arte, sino artesanía. 

Que no practican cultura, sino folklore. 

Que no son seres humanos, sino recursos humanos. 

Que no tienen cara, sino brazos. 

Que. no tienen nombre, sino número. 

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. 

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata. 

BIOGRAFÍA PARA TODOS, Antonio Colinas

  Ten sueños altos ahora que eres joven,  pues el tiempo feroz segará pronto tus manos, y tus ojos, y tus labios.  Gozarás hasta entonces de...