martes, 27 de octubre de 2020

LAS METAMORFOSIS, OVIDIO: ARACNE

ARACNE



Cuando veo una araña en un rincón, tejiendo con afán su eterna tela de seda, siempre la miro con algo de lástima. Si por casualidad estoy solo, me acerco para verla mejor, y le digo con un discreto susurro:
- ¿Tanto te habría costado respetar a los dioses?
Sé muy bien lo que digo, pues conozco de dónde les viene a las arañas el hábito de tejer. Todo empezó hace cientos de años, en el afortunado reino de Lidia. Allí, en una fresca calle de casas encaladas, tenía su taller la joven Aracne, que era la mejor tejedora de su tiempo. Nadie fabricaba tapices tan primorosos como los suyos ni mantas tan bien tramadas. Los dedos de Aracne poseían una destreza admirable. Sus movimientos eran precisos como los cálculos de un matemático, y tan cautivadores como los pasos de danza de una diosa. Aracne sabía convertir cada hebra de hilo en la prometedora semilla de una obra maestra. Verla trabajar era un auténtico gozo, así que nunca faltaban curiosos en su taller. Incluso las ninfas abandonaban los bosques y los viñedos para presenciar cómo Aracne transformaba unos pobres mechones de lana en un tapiz esplendoroso o en una túnica digna de un emperador. El parecer de todos era unánime:
- No hay mejor tejedora que Aracne -solían decir.
Un día, una mujer que estaba en el taller exclamó asombrada: 
- ¡Qué maravilla, Aracne! ¡Parece que la misma Atenea te haya enseñado a tejer!
Cuando Aracne oyó aquello, sus dedos se detuvieron de pronto y sus ojos relumbraron como una brasa avivada por el viento. 
- ¡Atenea no es nadie a mi lado! -exclamó-. Si se atreviera a competir conmigo en el arte de tejer, la vencería de todas todas. 
Pasaron algunos días. Una mañana, poco después del alba, alguien entró en el taller. Aracne oyó los pasos en la puerta, pero no apartó la vista del telar. 
-¿Quieres comprar algo?  -preguntó con indiferencia, sin saber a quién se dirigía. 
La voz que le respondió sonaba fatigada y tenía el tono ronco de la vejez. 
- No he venido a comprar -dijo-, sino a darte un consejo. 
Aracne miró hacia la puerta, y entonces vio a una anciana de cabellos muy blancos y espalda encorvada. Tenía el rostro lleno de arrugas y se apoyaba en un bastón para ayudarse a caminar. Sus dedos, finos como juncos, temblaban en el aire, y el cerco violáceo que rodeaba sus ojos estaba anegado por el agua clara de unas lágrimas involuntarias. 
- Yo no he me pedido ningún consejo -dijo Aracne con cierto desdén. 
- A los viejos nos arrinconan porque no servimos para trabajar, pero nuestra palabra es valiosa, ya que hemos aprendido mucho en nuestra larga vida. Me han dicho que te crees mejor que Atenea, y mi consejo es que no desafíes a los dioses. Esfuérzate por ser la mejor entre todas las mujeres, pero deja en paz a Atenea. Si le pides perdón ahora, seguro que no te castigará…
Aracne enrojeció de rabia. Su voz sonó como el rugido de una bestia salvaje cuando dijo: 
- ¿Quién te crees que eres para decirme lo que debo hacer? ¡Vete a aconsejar a tus hijos, si es que los tienes, y déjame a mí que lleve mi vida como mejor me parezca! Y, si es que te envía Atenea, dile que venga a competir conmigo si se atreve, y así le demostraré que soy mil veces mejor que ella. 
La anciana no respondió, pero su rostro acusó la insolencia. Sus manos dejaron de temblar, y sus ojos cobraron de pronto un reflejo de acero. Fue como si las palabras de Aracne tuvieran la virtud de transformar la materia, pues las arrugas de la anciana se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos, su espalda se enderezó, y su cabello plateado, recogido hasta entonces, cayó por los dos lados de su cabeza como un radiante manantial de oro. Confusa por aquel cambio inesperado, pero sin renunciar a su arrogancia nativa, Aracne dijo: 
- Eres Atenea, ¿verda?
La diosa respondió con una voz juvenil de timbre nítido: 
- Claro que soy Atenea. 
Cualquier otro habría pedio perdón al instante, pero Aracne era demasiado orgullosa para reconocer un error. Más crecida que nunca, dijo: 
- Ya que estás aquí, lo lógico es que compitamos…
Atenea aceptó el desafío, y la competición empezó de inmediato. Por la ciudad corrió la voz de que Aracne iba a enfrentarse a una diosa, y el taller se llenó de curiosos. Situadas cada una ante un telar, las dos rivales iniciaron su trabajo. Movían sus manos con una asombrosa ligereza, entrelazando sin descanso la trama con la urdimbre y la urdimbre con la trama. Ni siquiera se les oía respirar, porque sus cinco sentidos estaban proyectados en la absorbente tarea de tejer. Con hebras doradas y púrpuras, blanco de azahar y azul celeste, fueron creando un mundo de hilo que parecía tan real como la propia vida. Atenea representó en el centro de su tapiz un episodio en que ella misma había intervenido. Mucho tiempo atrás, cuando el universo era todavía una creación palpitante y reciente, el rey Cécrope fundó una ciudad en Grecia (…) Atenea (tras regalar a la ciudad el árbol del olivo) se convirtió en la protectora de la ciudad, a la que decidió darle su nombre. En efecto, aquel lugar floreciente donde los hombres usarían el lenguaje para entender a los demás y conocerse a sí mismos, se llamó Atenas. 
(…) Junto al episodio del olivo, de tan grata memoria, Atenea representó en su tapiz a todos los dioses, con un aspecto solemne de reyes omnipotentes, pues quería dar a entender que los dioses son los amos del universo. Con el mismo fin, retrató a algunos hombres que habían recibido un castigo ejemplar por desafiar a los dioses. (…)
Aracne no veía el tapiz de su rival, pero no le importaba. Delante de su telar, se sentía más poderosa y hábil que Atenea, y estaba segura de que se alzaría con la victoria. Sus ojos estaban tan concentrados en el cruce continuo de los hilos que chispeaban como diamantes abandonados al sol. En el centro de su tapiz, Aracne había retratado a una joven de larga melena que cruzaba el mar a lomos de un toro. Era Europa, la princesa de las manos blancas. (…)
Junto a la desgracia de Europa, el tapiz de Aracne retrataba otros casos de dioses que habían abusado de los seres humanos echando mano de la simulación y el engaño. (…) Aracne, en fin, quería dar a entender que los dioses son esclavos de la pasión y que no dudan en engañar a los mortales cuando quieren hacer realidad sus más íntimos deseos. Su tapiz, en todo caso, era una pieza magnífica, de una belleza minuciosa y arrolladora. Cuando Atenea lo vio, reconoció su perfección al instante. Aquel tapiz era, sin duda mejor que el suyo, y esa evidencia le escoció en el alma. Con todo, lo que más excitó sus iras fue la mala fe con que Aracne había retratado a los dioses. Trastornada por la rabia, Atenea empezó a gritar: 
- ¿Así que los dioses te parecemos caprichosos y despiadados? ¿Quién eres tú para acusarnos de nada? ¿Acaso te crees mejor que nosotros? Dime, maldita Aracne, ¿de dónde has sacado esa insolencia que reina en tu corazón?
Atenea no se limitó a los reproches. Con los ojos desorbitados por la cólera, se lanzó sobre el tapiz de Aracne y lo hizo trizas a fuerza de rasgarlo con las manos, en medio del silencio aterrado de los curiosos que llenaban el taller. Luego, cada vez más alterada, se abalanzó sobre Aracne y le golpeó la frente con la lanzadera que llevaba en la mano, hecha de dura madera de boj. Todos los presentes contuvieron el aliento. Pensaron que Atenea estaba determinada a matar a Aracne y que no dejaría de golpearla hasta que la oyera lanzar su último suspiro. La propia Aracne comprendió que se hallaba en un callejón sin salida, y decidió tomar las riendas de la perdición. Con mano resuelta, sin pensarlo dos veces, agarró un lazo que colgaba de uno de los muros de su taller y se lo pasó alrededor del cuello hasta quedar suspendida en el aire. Nadie se atrevió a impedir la tragedia. Aracne, que se balanceaba sobre el suelo, comenzó a enrojecer. Sus ojos desesperados parecían enormes, y su boca se abría a un ritmo grotesco buscando en vano un poco de aire, y toda su persona se estremecía, con las violentas convulsiones de una bestia recién envenenada. El cuerpo de Aracne estaba a punto de exhalar su último aliento cuanto Atenea decidió arrebatárselo a la muerte. Comprendió que, si permitía que Aracne se quitara la vida, daría alas a la idea de que los dioses son unos desalmados, de modo que agarró a la muchacha por la cintura y la mantuvo en vilo para que no se asfixiara. 
- No dejaré que mueras -dijo-. Seguirás viva, pero pagarás como es debido por tu sacrilegio. Durante el resto de tus días, permanecerás colgada, y eses mismo destino sufrirán todos tus descendientes. Teje, desdichada Aracne, ya que sabes hacerlo tan bien, y cuando no tengas en qué pensar, dedícate a arrepentirte de la arrogancia con que me has tratado. 
Atenea sacó entonces un frasco que llevaba escondido bajo su túnica y que contenía el jugo de una hierba mágica. Cuando lo roció sobre Aracne, la joven perdió sus cabellos y menguó hasta convertirse en una extraña criatura que cabía en la palma de la mano. Su vientre era tan grande que ocupaba casi todo su cuerpo, y en lugar de piernas, tenía unos dedos muy largos y arqueados. Enseguida descubrió que, de su interior, salía un hijo finísimo con el que podía tejer una tela casi invisible. Sí, Aracne fue la primera araña del mundo. Sus descendientes ya no lo recuerdan, pero, cada vez que tienden sus telas entre los tallos del rosal o en el rincón polvoriento de una bodega, están pagando por el crimen antiguo de una muchacha que retó a los dioses. 

viernes, 21 de agosto de 2020

SEPTIEMBRE, Pilar Galán


 

(…) Porque no se puede ser feliz en este tiempo muerto y lentísimo,

el indeseable paréntesis entre una vida que ya es mentira

y otra que no acaba de ser verdad del todo.

Ningún destino es tan ingrato

como el de las personas condenadas a vivir

eternamente en septiembre.

(A. Grandes)

La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.

La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.

La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.

Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.

Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.

Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al híper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.

Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.

Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Solo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.

Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.

Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.

—Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.

Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.

En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.

Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.

Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.

 

A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por el suelo. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.

Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.

Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no, te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.

Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.

Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.

A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.

Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del híper.

Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.

Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…

Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana tose cada vez más.

Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.

Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué, hija, tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo que querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.

Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.

Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.

Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.

Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.

Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.

Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, me pasan la mano por el pelo, me dan besos, me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, solo tú y tus hijos.

Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, siento el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y me duermo, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

 

domingo, 2 de agosto de 2020

EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO, Gabriel García Márquez


         Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         —Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

         —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

 

viernes, 31 de julio de 2020

LLUVIA, Ángela Martínez


Durante semanas se planeó la fiesta anual del ayuntamiento. Esta vez había de tener lugar al aire libre, en el campo, por lo que se tomaron las precauciones posibles.

Observatorio y pescadores fueron consultados, y el día fue cuidadosamente seleccionado; todos los augurios permitían suponer que sería el más perfecto del año.

Y de esta manera comenzó. Claro y hermoso, con abundante sol patinando sobre las parejas volcadas en el prado luminoso, que se llenó de canastas, de telas alegres, esparcidas sobre la hierba acogedora.

Y entonces, cuando todos disfrutaban de la fiesta, cuando nadie lo imaginaba, las primeras nubes ennegrecidas asomaron tímidas al final de los árboles, y las gotas de vanguardia, temblorosas y tibias, comenzaron a caer.

Los primeros que notaron la lluvia, callaron; trataron de ignorarla para hacerla desaparecer, pero ésta, tomando inesperada fuerza, se impuso sobre todas las predicciones.

Al principio creyeron que pasaría, que sólo sería una broma de la naturaleza, pero la lluvia, arreciando progresivamente, los hizo al fin, tras horas de espera al inútil abrigo de los árboles, regresar cabizbajos al pueblo, con la corriente sucia ya sobre los tobillos.

Llovió todo el resto del día y toda la noche. A la mañana siguiente continuaba lloviendo y, cuando después de tres días la situación comenzó a ser verdaderamente molesta, no mostraba indicios de cesar. 

Continuaron transcurriendo los días, y la lluvia, imperturbable, seguía envolviendo al pueblo. La gente ya se quejaba. El Observatorio era asediado a preguntas. Algunos culpaban a los astrónomos del extraño fenómeno. Los periódicos protestaban y hasta intentaban formular acusaciones, aunque no sabían exactamente a quién acusar.

Nadie salía de su casa sino por una imprescindible necesidad, y las casas y las calles empezaron a tomar aspecto húmedo, desolado.

Más días y semanas y meses transcurrieron, y mientras los científicos trataban de descubrir la causa de la misteriosa e incesante lluvia para detenerla, la gente comenzó a aburrirse en sus casas y a salir de nuevo. Las calles se animaron otra vez, e industrias como las de capas de agua y paraguas florecieron.

La inventiva popular se aguzó y pronto aparecieron objetos que hacían más cómoda la vida bajo el agua. Hasta los más tímidos abandonaron sus hogares y comenzaban a aprender a vivir en la lluvia.

Y así, a medida que pasaron los años, comenzó a operarse en los habitantes del pueblo un cambio extraño. Se acostumbraron de tal manera a su lluvia, que se sentían mejor bajo ella que dentro de sus casas. La mayoría dejó de usar paraguas u otros protectores. Las casas se derrumbaban por efecto de la prolongada humedad, y sus moradores no se preocupaban de rehacerlas, sino que se instalaban en el agua. Algunos llegaron a destruir ellos mismos sus hogares, ya absolutamente innecesarios.

Incluso el aspecto físico de la gente había cambiado. Sus extremidades tomaron forma de aletas, y todos lucían como si tuviesen agallas. Los niños que nacían aprendían a nadar de inmediato.

Eran por completo felices en el elemento líquido y hasta se enorgullecían de ser el único pueblo que contaba con lluvia constante. Si, por casualidad, algún joven aventurero se atrevía a traspasar los límites del pueblo, fuera de los cuales no llovía, regresaba aterrado y arrepentido de su experiencia.

Mas, de repente, tal como había venido, sin un aviso, sin una señal, cesó la lluvia y salió de nuevo el sol, y los habitantes del pueblo de mi historia no pudieron sufrir esta vez un nuevo cambio; debilitados en su capacidad de adaptación, no se sintieron lo suficientemente fuertes para intentar un retorno a su existencia anterior, por lo que fueron muriendo poco a poco, como peces al aire, enterrados en el fango.

Algunos dirán que la suerte de estas gentes ha sido demasiado cruel, pero la vida desconoce la piedad. Hoy el pueblo no es más que un recuerdo en la memoria de algunos que se dicen supervivientes, pero que ni siquiera recuerdan cómo se llamaba. O si verdaderamente existió, y esto es lo único cierto.

Cuentos cubanos (Antología), Laia. 

lunes, 18 de mayo de 2020

DON QUIJOTE DE LA MANCHA: Presentación del personaje y propósito de la salida

 Cap. I. Descripción del Quijote y propósito de salida.



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.




DON QUIJOTE DE LA MANCHA: Regreso a casa y promesa de una nueva salida.

Tras su desafortunada estancia en la venta, don Quijote recibe la visita de dos vecinos de su pueblo: son el Cura y el Barbero. Ambos han sido enviados por su sobrina y el ama de llaves, preocupadas por su ausencia. Cuando lo encuentran, traman un plan para hacerlo regresar a casa: fingen un encantamiento a nuestro caballero y aprovechan para encerrarlo en una jaula colocada en un carro tirado por bueyes.



Lee y resume a continuación, el siguiente fragmento donde se narra la llegada a casa y que da final a la Primera Parte del Quijote:

El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre un montón de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los gritos que las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías; todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.
A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza, que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, así como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.
–Gracias sean dadas a Dios –replicó ella–, que tanto bien me ha hecho; pero contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?, ¿qué saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?
–No traigo nada deso –dijo Sancho–, mujer mía, aunque traigo otras cosas de más momento y consideración.
–Deso recibo yo mucho gusto –respondió la mujer–; mostradme esas cosas de más consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los siglos de vuestra ausencia.


–En casa os las mostraré, mujer –dijo Panza–, y por agora estad contenta, que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.

viernes, 15 de mayo de 2020

DON QUIJOTE DE LA MANCHA: La aventura de los odres de vino

La aventura en la venta: los odres de vino. 

Tras vivir diversas y, en general, desafortunadas aventuras, Don Quijote y Sancho Panza llegan a una venta (como una posada, hostal u hotel de nuestra época) para pasar la noche. La locura de Don Quijote le hace ver la venta como un castillo. El resto de la aventura que vais a leer también está marcada por su exaltada imaginación e incluso su escudero, Sancho, empieza a estar condicionado por la visión caballeresca de su amo.
El texto que aparece a continuación comienza con nuestro protagonista alojado en la única "habitación" de la venta que quedaba libre: una especie de desván donde el ventero guardaba vino dentro de unas grandes botas de cuero. Leed el texto y resumidlo:




TEXTO. Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón donde reposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:
-Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza cercen a cercen, como si fuera un nabo!
-¿Qué decís, hermano? -dijo el Cura, dejando de leer lo que de la novela quedaba-. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís, estando el gigante dos mil leguas de aquí?
En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía a voces:
-¡Tente, ladrón, malandrín, follón; que aquí te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!
Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:
-No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, el gigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida; que yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado, que es tamaña como un gran cuero de vino.
-Que me maten -dijo a esta sazón el ventero- si don Quijote o don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.
Y con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a don Quijote en el más extraño traje del mundo. Estaba en camisa, la cual no era tan cumplida, que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta la manta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el porqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, y que ya estaba en la pelea con su enemigo; y había dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino. Lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo, que arremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes, que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo, y se le echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tanto acuerdo, que echase de ver de la manera que estaba. 
Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no la hallaba, dijo:
-Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos, sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente.


-¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo el ventero-. ¿No ves, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?



BIOGRAFÍA PARA TODOS, Antonio Colinas

  Ten sueños altos ahora que eres joven,  pues el tiempo feroz segará pronto tus manos, y tus ojos, y tus labios.  Gozarás hasta entonces de...