jueves, 24 de octubre de 2019

METAMORFOSIS: El origen del mundo: Deucalión y Pirra



ACTIVIDAD. Tras la lectura, trata de relacionar el contenido de esta historia contada por Ovidio, y otras que hemos conocido este año en clase.
Según Ovidio, el mundo de los dioses se parece mucho al de los hombres. Se trata de una sociedad muy jerarquizada. Júpiter, el amo del mundo, se encuentra en la cumbre del cielo. Después, están los grandes dioses en moradas cercanas a la suya. Por último, más alejados, la multitud de pequeños dioses. Lo mismo sucede con el monte Palatino, una de las siete colinas de Roma, donde el emperador Augusto ha mandado construir su palacio, mientras que los notables y las gentes del pueblo viven más abajo, en la ciudad. 
LL   LLa tierra había emergido del caos, una mezcla confusa de todos los elementos. Existía, plana y redonda, con el mar a su alrededor, el cielo encima, el sol en el cielo. El mundo estaba poblado por los titanes, gigantes primitivos, y por los dioses, cuyo soberano era Júpiter.
Prometeo, un titán ingenioso, había modelado al hombre, con barro y agua.
Los hombres se han multiplicado por la superficie de la tierra. Han vivido felices al principio, piadosos y honestos. Pero con el tiempo, han dejado de entenderse y han empezado a pelearse y a matarse entre sí. Ya nadie se inclina ante los altares de los dioses.
Al ver todo esto desde su morada divina, como si fuera el monte Palatino en el cielo, Júpiter es presa de un arrebato de ira. Convoca a todos los dioses. Llegan, por la Vía Láctea, los grandes dioses que habitan en los palacios cercanos y la multitud de pequeños dioses que están más lejos. Todos ocupan su lugar en la sala de mármol, ante el trono de su soberano.
Júpiter está sentado, apoyado en su cetro de marfil, con un aspecto terrible. En varias ocasiones sacude la cabeza y sus gestos hacen estremecer la tierra, el mar y hasta los astros.
Habla así:
—Quiero destruir la raza de los humanos. Han cometido demasiados crímenes. Sabía que eran deshonestos y mez- quinos. Su mala reputación había llegado hasta mis oídos. Como quería estar seguro, descendí entre ellos, disfrazado. Lo que vi supera con creces lo que hubiera podido imaginar. Los voy a hacer desaparecer. Lo juro por el Estige.
El juramento por el Estige es el más temible: nadie, ni siquiera el amo del mundo, puede retractarse de él.  
Un escalofrío recorre el concilio de los dioses. Si bien algunos apoyan plenamente a su soberano, a otros les pre- ocupa la idea de la desaparición de los hombres.
—¿Quién vendrá a honrarnos y a quemar incienso en nuestros altares, cuando ya no haya en el mundo más que animales salvajes? —preguntan.
—Yo asumo toda la responsabilidad por este asunto —afirma Júpiter—. Os prometo que una nueva raza de hombres renacerá pronto, milagrosamente, y repoblará la tierra.
El rey de los dioses está ya preparado para lanzar su rayo sobre los mortales, pero teme incendiar el universo entero, así que baja el brazo. Decide no aniquilar a los hombres por el fuego, sino por el agua.
Encierra al Aquilón, el viento capaz de apartar las nubes, y libera al Noto, el viento del sur que trae la lluvia.
El Noto levanta su rostro espantoso, oscuro como la no- che. Despliega sus alas, sacude su barba blanca, sus cabellos chorreantes. Con una mano, presiona el vientre de las nubes, que vierten cataratas. Iris, la mensajera de los dioses con la túnica de arco iris, aspira el agua para alimentar las nubes. En la tierra, se pierden las cosechas anegadas y los campesinos quedan desolados.
Pero Júpiter todavía no tiene suficiente. Pide ayuda a su hermano, Neptuno, que acude desde el fondo del océano. Llama a los ríos, sus súbditos, y les ordena:
—Liberaos, salid de vuestro lecho, romped los diques, desencadenad vuestra violencia.
Los ríos obedecen. Mientras el dios de las aguas golpea con su tridente la tierra, que se agrieta, hacen rodar sus cursos violentos hacia el mar, arrastrándolo todo a su paso: hombres, árboles, animales, casas y hasta los templos, moradas sagradas de los dioses.  
Los humanos se refugian primero en la cumbre de las colinas o en barcas, navegando por encima de lo que habían sido sus campos de trigo, sus viñedos, sus granjas. Los peces se encaraman a los árboles, donde antes triscaban las cabras juegan las focas, los delfines saltan entre las ramas de los robles. El agua sigue subiendo, cubre los tejados, las torres más altas. Sus remolinos arrastran tanto a las ovejas como a los lobos, también a los leones, tigres, ciervos y jabalíes. Los pájaros vuelan largo rato pero, al no tener dónde posarse, caen. Los seres vivos que se han salvado de la inundación terminan por morir de hambre.
Toda la tierra está cubierta por una inmensa extensión de agua sin orillas, cuyas olas chapotean hasta el horizonte. Solamente emerge todavía la doble cima del monte Parnaso. Aquí embarranca la barquita de Deucalión y Pirra. Deucalión era hijo de Prometeo, el titán que había modelado a los hombres en los orígenes del mundo. Pirra era a la vez su esposa y su prima hermana. No había hombre más virtuoso ni mujer más respetuosa de los dioses.Apenas han llegado a las laderas del monte Parnaso, se ponen a rezar a las ninfas que allí habitan y a la diosa Temis, que en este lugar continúa pronunciando sus oráculos. Júpiter se fija en estos dos justos, únicos supervivientes entre millares de muertos en medio de la llanura líquida. Entonces, libera al Aquilón, empuja las nubes, aparta la cortina de agua. En el océano, Neptuno depone su tridente. Llama a Tritón, el dios azulado del color del agua, con los hombros verdes cubiertos de conchas. Tritón emerge con una caracola en la mano. Se la lleva a la boca y sopla largamente, como si fuera un cuerno. Al oír este sonido, los ríos vuelven a su cauce, las aguas descienden, el mar regresa a sus orillas. Reaparecen las colinas y los bosques, con ramas desnudas, cubiertas de barro.  
La tierra retoma su forma original, pero está devastada, desierta, silenciosa. Los ojos de Deucalión se llenan de lágrimas.
—Estamos solos en el mundo, mi amada esposa, y el terror sigue haciendo presa en mi alma. ¿Qué habría sido de ti sin mí? ¿Y de mí, si tú hubieras desaparecido? Te habría seguido a las aguas... ¡Ay! ¡Si pudiera repoblar la tierra y modelar a los hombres, como hizo mi padre al comienzo del mundo!
Ambos lloran. Suplican a la diosa Temis, que habita en su templo en ruinas, que les ayude y les ilumine con un oráculo. Se purifican, según los ritos prescritos, en las aguas enlodadas del río cercano; se mojan la cabeza y las ropas, entran en el santuario, sucio de verdín, y se prosternan ante el altar, donde ya no arde ningún fuego.
Temis se apiada de ellos.
—Salid del templo —les dice—. Cubrid vuestra cabeza, desanudaos el cinturón y echad tras de vosotros los huesos de vuestra gran madre.
Deucalión y Pirra permanecen mucho tiempo mudos de estupefacción. La primera en tomar la palabra, con voz temblorosa, es Pirra:
—No... No puedo seguir el consejo del oráculo... Tendría miedo de ofender a la sombra de mi madre muerta.
Deucalión no contesta. Sigue reflexionando. Al final, tranquiliza a su mujer:
—El oráculo no nos pide que cometamos un sacrilegio. Nuestra gran madre es la tierra; sus huesos, son las piedras que debemos arrojar detrás de nosotros. Vamos a probar.
Y cuando lo intentan, hete aquí que las piedras que van lanzando a sus espaldas, al caer, se ablandan, se inflan, adoptan vagamente forma humana, como si fueran estatuas a medio desbastar. Las partes húmedas se convierten en carne; las partes más duras, en esqueleto; las venas de la roca, como venas permanecen. Detrás de Deucalión nacen hombres; tras Pirra, mujeres.
Es una nueva raza de humanos, que es aún la nuestra, resistente al trabajo y firme ante las penalidades, porque tiene la fuerza de las rocas.

(Libro I)

miércoles, 4 de septiembre de 2019

MANUEL VILAS, El joven traductor de Horacio


El joven traductor de Horacio
Para Pablo
Yo quisiera ser otra vez aquel joven
Ávido de una traducción latina, de unos deberes escolares.
La mañana del sábado, de nueve a dos, así la pasa,
Pegado a diccionario, gramática y clásica retórica.
Contento de sus hallazgos, donde el mundo antiguo
-República, crímenes, ejércitos, esclavos-
Ve resplandecer y de su presente permanece ignorante, ajeno.
Quisiera que mi ambición volviera a ser la misma.
Quisiera que diccionario, versos romanos de enmarañados
Mitos y prosodia, fueran el gran tesoro azul de mi esperanza,
Como lo eran entonces, de mi alegría secreta y de mi descubrimiento.
Oh, descubrimientos particulares del joven en el latín inmerso,
Tan ajeno a la cólera de los hombres vivos,
Tan sabio en su hermosa ignorancia, sobre una mesa camilla,
Mientras la madre realiza las faenas de la casa y pone ya
La mesa y se oye la llave del padre en la puerta que regresa,
Y el joven va puliendo, en trance no menor de vida y poesía,
El significado de los versos y la ley que los fundara
Que confiará a su preceptor el lunes, con la sonrisa de quien sabe,
Con la devoción ardiendo y la ambición encadenada.
Manuel VILASLas arenas de Libia


jueves, 30 de mayo de 2019

EDUARDO GALEANO: Verano del 42


Hace años, en Kiev, me contaron por qué los jugadores del Dínamo habían merecido una estatua.
Me contaron una historia de los años de la guerra.
Ucrania ocupada por los nazis. Los alemanes organizan un partido de fútbol. La selección nacional de sus fuerzas armadas contra el Dínamo de Kiev, formado por obreros de la fábrica de paños: los superhombres contra los muertos de hambre.
El estadio está repleto. Las tribunas se encogen, silenciosas, cuando el ejército vencedor mete el primer gol de la tarde; se encienden cuando el Dínamo empata; estallan cuando el primer tiempo termina con los alemanes perdiendo 2 a 1.
El comandante de las tropas de ocupación envía a su asistente a los vestuarios. Los jugadores del Dínamo escuchan la advertencia:
– Nuestro equipo nunca fue vencido en territorios ocupados.
Y la amenaza:
– Si ganan, los fusilamos.
Los jugadores vuelven al campo.
A los pocos minutos, tercer gol del Dínamo. El público sigue el juego de pie y en un solo y largo grito. Cuarto gol y el estadio se viene abajo.
Súbitamente, antes de hora, el juez da por terminado el partido.
Los fusilaron con los equipos puestos, en lo alto de un barranco.

Eduardo Galeano.

Días y noches de amor y guerra (1978)

ALBERT CAMUS: Carta a su maestro

Esta es la carta que Albert Camus escribió a su maestro de primaria cuando acababa de recibir el Premio Nobel de Literatura (ejemplo máximo del agradecimiento).



Querido señor Germain:
He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Le mando un abrazo de todo corazón.

sábado, 18 de mayo de 2019

JULIO CORTÁZAR: La continuidad de los parques.




CONTINUIDAD DE LOS PARQUES, Julio Cortázar.

Arrellanado en su sillón favorito, (…) se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo. (…) Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. (…) Nada había olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. (….) Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

BIOGRAFÍA PARA TODOS, Antonio Colinas

  Ten sueños altos ahora que eres joven,  pues el tiempo feroz segará pronto tus manos, y tus ojos, y tus labios.  Gozarás hasta entonces de...