sábado, 3 de julio de 2021

ALEJANDRO DUMAS Y LA LARGA SOMBRA DE AUGUSTE MAQUET, Santiago Posteguillo

Auguste Maquet llegó a la casa de Dumas un plomizo día de lluvia de 1844. Nada más entrar en la casa del más afamado escritor de Francia, Maquet frunció el ceño: todo era lujo sin control, prueba de un gasto desmedido en telas, cortinajes, alfombras..., y se oían las risas de varias mujeres. Dumas, como siempre, no reparaba en malgastar el dinero en toda suerte de caprichos y productos suntuosos. El mayordomo que le había abierto la puerta hizo un gesto con el que le invitó a seguirle: del amplio vestíbulo pasaron a un largo pasillo y de ahí a un muy espacioso salón. 

—Le ruego que espere aquí, por favor —dijo el mayordomo al salir y dejarle solo en aquella enorme habitación. 

Auguste Maquet se quedó de pie. Se sentía incómodo en aquella casa y más incómodo con aquella relación secreta que mantenía con el escritor más famoso de Francia. No estaba seguro de que debiera seguir con todo aquello. Él quería empezar su propia carrera como escritor y sentía que con lo que estaba haciendo nunca llegaría a ningún lado. 

Alejandro Dumas apareció pronto. 

—¿Lo tienes? —preguntó el escritor francés sin tomarse siquiera un segundo para saludar. 

Maquet no dijo nada, acostumbrado como estaba a aquella forma de conducirse de Dumas, que no parecía reparar nunca ni en las formas ni en los preámbulos de la etiqueta social. El recién llegado extrajo de debajo de su gabán mojado por la lluvia un grueso manuscrito. 

—¿Y bien? —continuó preguntando Dumas mientras cogía el texto y empezaba a hojearlo—. Veamos qué me traes hoy. Espero que sea mejor que el material del mes pasado. Apenas podía hacerse nada con aquello. 

—Esto gustará —dijo Maquet conteniéndose. 

—Los tres mosqueteros —leyó Dumas en voz alta a la vez que se sentaba en un confortable sillón junto a una enorme chimenea encendida que proyectaba sombras en aquella gran estancia. Las risas de las mujeres aún se oían: descendían por las paredes de la casa como una lluvia de frivolidad que asfixiaba a Maquet. 

» Esta noche doy una fiesta. Podrías quedarte y hablamos de esto. Tengo un invitado de España. José es dramaturgo. Alguien interesante —dijo Dumas mirando a su interlocutor, pero Maquet negaba con la cabeza al tiempo que para sí mismo se preguntaba: « ¿Y cuándo no da una fiesta Alejandro Dumas?» 

—No, léelo tú y ya hablamos dentro de unos días —respondió Auguste Maquet, quien no quiso decir más ni escuchar más, sino que dio media vuelta y, sin esperar respuesta a su comentario, abrió la puerta, salió del salón, cruzó a paso rápido el pasillo, llegó de regreso a la entrada de la casa, abrió él mismo la puerta de salida sin esperar al mayordomo y echó a andar. 

Hubo un instante de duda. Maquet se volvió hacia la casa y vio la silueta de 

Alejandro Dumas recortada en uno de los grandes ventanales de la casa que acababa de abandonar, pero se reafirmó en su decisión y reemprendió la marcha hasta que su figura encogida se fundió con la fina lluvia que descargaba sobre la hierba que rodeaba aquella mansión. 

Dumas, desde la ventana del gran salón, al abrigo del agradable calor que desprendía la gigantesca chimenea, le vio andar hasta perderse en la tormenta. Alejandro Dumas volvió entonces, caminando lentamente, hacia el calor del fuego. Sabía que Maquet estaba molesto con el asunto de que su nombre no figurara en ninguna de las novelas en las que colaboraba con él, pero los editores insistían en que era el nombre de Dumas, su nombre, el que realmente atraía a los lectores. Alejandro Dumas, una vez situado de nuevo junto a la chimenea, se sentó en una cómoda butaca y tomó el manuscrito que le había traído Maquet. 

—Los tres mosqueteros —leyó en voz alta, pronunciando por segunda vez aquella jornada aquel curioso título. 

Le llevó un rato empezar a familiarizarse con el relato, pero pronto comprendió que, tal y como había dicho Maquet, podía gustar al gran público. Era el esbozo de una buena historia, pero, como siempre, le faltaba acción y más alma a los personajes, aunque el argumento era bueno, eso tenía que admitirlo... Dumas cogió entonces una pluma de un tintero que tenía en una mesilla junto a la chimenea y se puso a hacer correcciones allí mismo. En ese momento se abrió la puerta del salón y entró el mayordomo. 

—Ejem, señor, disculpe la molestia, pero las señoritas preguntan..., y su invitado español, monsieur Zorrilla, querría saber si el señor va a subir de nuevo —dijo el sirviente con la máxima solemnidad que pudo. 

Dumas no levantó la mirada de las páginas que estaba corrigiendo. 

—No. Estoy ocupado y lo estaré por un buen rato, pero seguro que monsieur Zorrilla estará bien acompañado y no me echará de menos —respondió el escritor; el mayordomo se inclinó y cerró la puerta despacio. 

Dumas continuó concentrado, corrigiendo, anotando, pensando. La novela saldría publicada sólo con su nombre, Alejandro Dumas, igual que otras de su larguísima lista de famosas obras como El conde de Montecristo, El vizconde de Bragelonne, Veinte años después o La reina Margot. Todas ellas clásicos de la literatura francesa y algunas auténticas obras maestras de la novela de aventuras en francés o en cualquier otra lengua; pero lo que no suele saberse tanto es que en todas y cada una de ellas participó un siempre olvidado Auguste Maquet. 

Alejandro Dumas, escritor genial por otro lado, recurrió a colaboradores para muchas de sus obras. Éste era un hecho que él mismo reconocía abiertamente, en particular la ayuda de Maquet para algunas de sus más famosas novelas, como las mencionadas anteriormente. Las editoriales presionaban a Dumas día tras día reclamándole nuevas historias, nuevos relatos con los que seguir atrayendo a más y más lectores; y Dumas, ambicioso y alguien que disfrutaba 

del lujo, las mujeres y los viajes, sucumbió a la tentación. Así, con el correr de los años, la catalogación de las obras atribuidas a Dumas es confusa y, siempre, abrumadora: un día, movido por la simple curiosidad, me puse a contar el número de novelas firmadas por Alejandro Dumas y, considerando las de viajes, las novelas históricas, las biográficas y las de terror, me salieron ciento ocho, pero está claro que muchas se me escapaban. Hay catálogos que cifran entre unas doscientas y trescientas las obras de Dumas. Corre por ahí incluso una anécdota que, sea o no cierta, es ilustrativa de la forma en que Dumas trabajaba: un día Alejandro Dumas se encontró por la calle con su hijo y le preguntó: 

—¿Has leído mi última novela?

—Sí, la he leído, ¿y tú? —respondió su hijo.

No sé si será verídica la cita, pero resume bien la situación.

La estrategia de usar « negros» (es decir, recurrir a otros escritores que 

escriban parte o la totalidad de libros que luego firma otro autor) siempre ha existido en la literatura. Para no levantar suspicacias nacionales, pondré ejemplos anglosajones: en 1622 se publicó una versión de Medida por medida de Thomas Middleton, pero con la firma de Shakespeare para atraer a más público; en 1832 se publicó Count Robert of Paris con la firma de sir Walter Scott, pero realmente la escribió su yerno (ya hemos comentado aquí la popularidad del nombre de Scott); pero hay más: El ángel que nos mira, atribuida a Thomas Wolfe, fue « retocada» por Maxwell Perkins a petición de la editorial; y cuando la popular novelista V. C. Andrews falleció en 1986, la familia contrató a un « negro» ( ghost writer, es decir, « escritor fantasma» , lo llaman en inglés, por aquello de ser políticamente correctos y no implicar a otra raza en este asunto) para que siguiera escribiendo más novelas: Andrew Neiderman, el elegido para proseguir con la saga que inició V. C. Andrews, terminó primero dos novelas inacabadas de la autora y luego, como había cogido carrerilla, se inventó ocho más. Pero créanme que el que se sale aquí es Ronald Reagan, quien a una pregunta relacionada con su supuesta autobiografía respondió con aplomo: 

—Dicen que es un libro increíble. Un día de éstos lo leeré.

Hay que reconocerle la sinceridad al ex presidente norteamericano. Volviendo a Dumas y Maquet, cabe decir que Arturo Pérez-Reverte recoge 

en la fascinante trama de El club Dumas la relación entre estos dos escritores. Pero, al final de todo esto, ¿qué debemos pensar entonces de Dumas? Mi conclusión es que Dumas tenía un toque genial, un saber hacer, un saber transformar en aventura y ritmo trepidante relatos que otros no llegaban a presentar de la forma más impactante y emotiva posible. Dumas, por su parte, fue, cuando menos, parcialmente «honesto» al reconocer que tenía colaboradores; sin embargo, creo que habría sido más justo que en sus novelas, especialmente en aquellas en las que colaboró tan estrechamente con Maquet, los editores hubieran puesto como autores a Alejandro Dumas y a Auguste Maquet. 

Es cierto que cuando Maquet se separó de Dumas e intentó una carrera en solitario sus novelas no llegaron muy lejos, pero también es cierto que la mejor época de Dumas se corresponde con aquellos años en los que colaboraba con Maquet, así que algo especial tendría también Maquet, o la chispa que atraía a tantos surgía quizá precisamente de esa colaboración Dumas-Maquet. En cualquier caso, si leen o releen Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, disfrútenlos y, ya puestos, no se olviden del bueno de Auguste Maquet, que algo tuvo que ver en todo el asunto. Lo que nunca sabremos es cuánto. 


EL AVE MARÍA DE SCHUBERT Y LA NOVELA HISTÓRICA, Santiago Posteguillo




El niño se quedó cojo. La polio le había dejado aquella secuela. Y aun así estaban contentos porque había sobrevivido a una enfermedad que con frecuencia era mortal; pero, pese a ello, ser cojo a finales del siglo XVIII no era pasaporte hacia el éxito en ningún ámbito profesional. Por eso sus padres lo intentaron todo. Primero le enviaron de Edimburgo al norte, al campo en Sandyknowe. Tenían la esperanza de que el aire más puro de las montañas, alejado de las grandes factorías de la ciudad, le ayudara. Sin embargo, el niño no mejoró. Lo único bueno de todo aquello fue que conoció a su tía Jenny, una mujer dotada para la narración oral que empezó a contarle centenares de historias de la Escocia medieval; y, ésta es la clave, aquellos relatos se quedaron en la cabeza de aquel niño para siempre. Sus padres, no obstante, que seguían preocupados por la falta de mejoría en la salud del joven muchacho, no se daban por vencidos. Le enviaron entonces al sur, a Bath, con la esperanza de que allí, con los tratamientos de aguas de la ciudad, quizá su salud se fortaleciera y la cojera, por fin, empezara a remitir. Lo esencial, de nuevo, fue que la tía Jenny volvió a hacer de enfermera y, una vez más, de eterna narradora de historias. Además, en este nuevo viaje, le hizo un regalo muy especial: le enseñó a leer. La cojera, sin embargo, nunca desapareció. 
El niño se hizo grande y empezó a estudiar Derecho en la Universidad de Edimburgo, y luego, al poco tiempo de terminar su licenciatura, entró como aprendiz en el despacho de abogados de su padre. La cojera nunca le supuso cortapisas más allá de las que todos habían querido ver en aquel defecto. Aunque no todo era fácil. Un primer romance no fructificó y la mujer de sus sueños se casó con otro hombre. Pero nuestro joven protagonista no se hundió. Tenía determinación y un ansia enorme por mejorar. Empujado por esa decisión que le caracterizó siempre, aprendió a montar a caballo. Aquello le permitió moverse y viajar de una forma que nunca antes había podido disfrutar con su torpe modo de caminar. Además, aquel muchacho ya hombre manejaba bien las palabras y supo con ellas y con su arrojo persuadir a una hermosa joven de origen francés, Charlotte Genevieve Charpentier, para que se casara con él. Con ella tendría cinco hijos. Comprendió entonces que su camino estaba en las palabras: primero fueron poemas, luego relatos y por fin novelas. Su nombre pronto se hizo conocido por el mundillo literario del Edimburgo de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Sus colecciones de poemas, en particular La dama del lago, le granjearon fama nacional e internacional, hasta el punto de que el famoso Ave María de Schubert no lo compuso Schubert originariamente para poner música a la oración dedicada a la Virgen María, sino que el compositor hizo esa genial pieza para poner música a un poema de este escritor cojo. Posteriormente, como el poema de La dama del lago al que Schubert había puesto música empezaba con las palabras « Ave María» , el compositor pensó en adaptar la obra musical a la oración a la Virgen. 
Pero divago; volvamos a nuestro protagonista: con el correr de los años se le nombró Poeta Laureado, un reconocimiento sólo propio de los grandes maestros, pero él lo rechazó. Nunca quedó muy claro el motivo. O bien no se consideraba merecedor de éste o bien no quería las ataduras que su aceptación implicaba, pues, a cambio del título y la remuneración que conllevaba, el poseedor de semejante mención también contraía una serie de obligaciones literarias que podían coartar sus escritos futuros. Y es que, pensaran lo que pensasen de él y sus poemas, no parecía estar satisfecho aún consigo mismo; al menos, desde el punto de vista de la literatura. Había algo que le reconcomía por dentro. Y es que, allí donde otros veían el cénit de una gran carrera literaria, él aún no la daba por empezada. Pero ¿por qué? ¿Qué reconcomía las entrañas de nuestro escritor? Algo a lo que, por fin, decidió enfrentarse. 
Así, después de tantos años, empezó a dar forma narrativa a las viejas historias de su tía Jenny, a aquellas antiguas leyendas de la legendaria Escocia medieval que todo el mundo menos él parecía haber olvidado. Eso era lo que bullía en su mente, lo que no le dejaba dormir por las noches y lo que, por otro lado, se le aparecía como un magnífico desafío. Y se dedicó a la tarea con ahínco, sin descanso, con energía y las destrezas adquiridas en la poesía, pero puestas ahora al servicio de crear una novela. Y la terminó y consiguió que se publicara, pero tuvo miedo y recurrió a un seudónimo para evitar identificarse como su autor. Y es que, a principios del siglo XIX, escribir novelas no era precisamente la actividad literaria mejor considerada, más bien al contrario. Sí, temía que aquella novela que recreaba el pasado pudiera dañar su reputación como gran poeta. Pero la novela gustó y los editores pidieron más; y él, siempre con seudónimo, entregó, una tras otra, cinco novelas más. Todas fueron recompensadas con un grandísimo éxito popular, pero él seguía sin identificarse. Se trataba de novelas históricas sobre aquella antigua Escocia que le contaba en su niñez la tía Jenny. El público disfrutaba tanto con estas obras que empezaron a llamarle el Mago del Norte, pues se intuía que el escritor debía de ser de Escocia o de algún otro lugar del norte de las islas Británicas. Pero llegó un día en que hasta el mismísimo rey Jorge III de Inglaterra confesó que le gustaban aquellas novelas medievales e incluso manifestó que quería conocer a ese enigmático escritor. Y él, el escritor en cuestión, al fin, reconoció que era el autor de aquellas novelas. Fue un impacto tremendo en todo el Reino Unido, donde su popularidad ya era incontenible. Ya había habido rumores, pero muchos se negaban a creerlo, pues a aquel gran poeta se le consideraba un escritor serio. 
Y fue entonces, cuando todos sabían ya quién era, cuando publicó su obra maestra, Ivanhoe, para muchos la primera gran novela histórica de la historia de la literatura moderna, una vez más centrada en aquella Escocia de las historias de su vieja tía Jenny. El éxito fue arrollador. Sir Walter Scott, que así se llamaba aquel niño cojo que nunca dejó de serlo, pasó a ser leído por toda Europa y Estados Unidos. Todo iba a la perfección, incluido su negocio de impresión de libros, hasta que llegó una brutal crisis económica y financiera (imagino que esto de una crisis brutal, lamentablemente, les suena). Aquella crisis de principios del siglo XIX se llevó por delante los sueños y las inversiones de centenares de miles, de millones de personas en todo el Reino Unido; y el negocio de Scott, como el de tantos otros, quebró por completo. Sin financiación ni crédito, rodeado por decenas de acreedores, sus propios lectores y hasta el mismísimo rey ofrecieron ayuda económica a sir Walter Scott, pero él, como cuando era niño, no se arredró por las inclemencias de la vida. Y era hombre orgulloso. En lugar de aceptar esas ayudas, reunió a sus acreedores y les propuso crear una fundación a nombre de todos aquellos a quienes debía dinero (la deuda ascendía a más de cien mil libras esterlinas de 1820). La idea era que todo el dinero de las ventas de sus libros, excepto una mínima cantidad para subsistir él y su familia, revertiría en esa fundación para así, poco a poco, ir satisfaciendo a sus acreedores. Les aseguró a todos ellos, además, que escribiría tantos libros como fuera necesario para pagar todas sus deudas. Nadie le creyó capaz de ello, pero aceptaron. 
Y no, no fue capaz de conseguirlo. Cien mil libras del XIX era una cantidad astronómica. No, sir Walter Scott no consiguió pagar su deuda. Esto es, en vida. Pero la fundación continuó generando ingresos tras su muerte porque sus libros seguían vendiéndose sin parar, y sir Walter Scott podría ver desde su tumba cómo su palabra se cumplió. La fundación devolvió a cada acreedor hasta el último penique. Sin ayuda bancaria, sin créditos, sólo por la fuerza de su pasión por la literatura y por la novela histórica. 
La crítica literaria se empeñó en hundir a Scott como novelista. Aún hoy muchos críticos siguen en ello (sin conseguirlo), pero para todos los que amamos la novela histórica, el Mago del Norte es nuestra estrella y en él nos miramos con humildad deseando simplemente aprender y disfrutar. 


¿ESCRIBIÓ SHAKESPEARE LAS OBRAS DE SHAKESPEARE?, Santiago Posteguillo.



30 de mayo de 1593. Una posada en Deptford, junto al Támesis, a dieciséis millas de Londres. Cuatro hombres comparten una cena. La cerveza ha sido abundante. Sin embargo hay pocas risas. Los hombres hablan en voz baja. De pronto uno se levanta alterado. 

—Prometiste que pagaríais vosotros. 

—Siéntate, Marlowe, por Dios —le responde Ingram, uno de sus compañeros, cogiéndole del brazo, pero Marlowe está fuera de sí. Ya entró nervioso en la taberna y a cada cerveza se había puesto más irascible aún. 

—¡Malditos miserables! ¡Malditos mentirosos! —les espeta Marlowe con agresividad. 

Robert y Nicholas cogen entonces a Marlowe por los brazos, mientras que Eleanor Bull, la viuda dueña del alojamiento, desciende a toda prisa desde el piso superior. Marlowe se zafa del abrazo de sus compañeros y esgrime una daga ante el perplejo rostro de su amigo Ingram. 

—¡Sois todos unos traidores y pagaréis por ello como pagaréis esta maldita cuenta! —insiste un Marlowe fuera de sí. 

Ninguno parece entender por qué Marlowe reacciona con esa violencia. 

—¡Señores, ésta es una casa honrada! —exclama Eleanor Bull aterrorizada, pero y a es tarde para todo. 

Marlowe, borracho, embiste a Ingram con su daga. Ingram, no obstante, ha estado en mil reyertas de taberna: coge la muñeca de Marlowe, la retuerce y el puñal desaparece de la vista de todos. Lo siguiente que se oye es el grito de agonía de Marlowe a la vez que un gran charco de sangre empieza a salpicarlo todo. En ese momento se abre la puerta. Danby, el juez de la reina, de paso por Deptford, ha oído los gritos de la lucha y entra en el comedor. 

—En nombre de la reina, ¿qué ocurre aquí?

Y todo se detiene.

A los pocos minutos, el cuerpo sin vida de Christopher Marlowe, poeta y autor 

de teatro isabelino, es puesto en una carreta acompañando al cadáver de un recién ahorcado. Eleanor Bull y otros testigos están declarando. Ingram es detenido por posible asesinato. Danby parte hacia Londres custodiando a Ingram y se adelanta al grupo de sus hombres que conducen la carreta con los cuerpos sin vida de aquellos miserables. El carromato, más despacio, con Robert y Nicholas velando al fallecido Marlowe, cruza Deptford con los dos cadáveres, el de Marlowe y el del ahorcado. Justo a la salida del pueblo, el cuerpo sin vida de Christopher Marlowe abre los ojos y se sienta. 

—¿Qué mierda roja es ésta? —pregunta.

Ni Robert ni Nicholas ni el conductor del carro se sorprenden.

—Sangre de vaca —responde Robert en un susurro—, hemos usado sangre de 

vaca; y sigue tumbado, que todavía no hemos dejado el pueblo. Aún conseguirás que nos maten a todos, pero esta vez de verdad. 

Marlowe obedece y, aunque a regañadientes, maldiciendo el mal olor de aquella sangre, se recuesta de nuevo en el carro. El cadáver del ahorcado tampoco hace muy grato el viaje. 

En pocos minutos llegan a un muelle. Marlowe se cambia de ropa, sube a una barca que lo conduce a un mercante anclado en medio del río y desaparece de Inglaterra con destino al continente. A todos los efectos, Christopher Marlowe, autor de grandes obras del teatro isabelino como El doctor Fausto, El judío de Malta o La masacre en París, ha muerto. El cuerpo del ahorcado sirve a sus compañeros para entregarlo en lugar del suyo. El supuestamente malogrado escritor ha dejado de existir, al menos en Inglaterra. 

Sin embargo, la vida de Marlowe sigue en Francia, Italia y otros países como agente secreto al servicio de la corona inglesa, la misma institución que está detrás de su ficticio asesinato para evitar que fuera detenido e interrogado bajo tortura y que sus posibles confesiones comprometieran a altos funcionarios de la corona para los que había estado trabajando durante años. Marlowe, desde Europa, envía informes con regularidad a Londres, pero también envía algo más. Y es que su vieja pasión, un extraño vicio que le reconcome las entrañas, no le ha abandonado. De noche, cuando no puede dormir por el calor de algunos de los países mediterráneos en los que deambula, o quizá en medio de un perenne insomnio motivado por las preocupaciones, sigue escribiendo. Así nacen Hamlet, Otelo, Julio César, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, Mucho ruido y pocas nueces, El sueño de una noche de verano, Antonio y Cleopatra, Macbeth y tantas otras. Marlowe envía los manuscritos a Inglaterra, a su buen amigo Thomas Walsingham, primo de sir Francis Walsingham, secretario de la reina Isabel. Thomas, admirado por la calidad de las obras, busca un hombre, un joven actor, y le ofrece un pacto: que sea él el rostro conocido que firma esos nuevos escritos de un Marlowe supuestamente muerto en una reyerta de taberna. Este joven actor, de nombre William Shakespeare, acepta. No tiene nada que perder. 

¿Es todo esto cierto o estamos ante un dislate? La corriente dominante en la historia de la literatura inglesa sigue siendo la de considerar a Shakespeare como el autor de todas las grandes obras isabelinas que habitualmente se le atribuyen, pero hay quien ha dudado de que Shakespeare, hombre sin formación académica conocida, pudiera escribir semejantes obras maestras. Así Zeigler en 1895 y Webster en 1923 plantean sus dudas de forma rigurosa en diferentes publicaciones académicas. A esto se une que en 1925 se descubre el documento sobre la investigación oficial sobre la muerte de Marlowe: Ingram recibió un indulto de la reina cuatro semanas después de la supuesta muerte de Marlowe, alegándose defensa propia; los testigos presentaban contradicciones extrañas en sus declaraciones y es curioso que el juez de la reina, Danby, estuviera justo en el sitio del asesinato en el momento exacto en que supuestamente se produjo aquella reyerta. En 1955 Calvin Hoffman y en 1994 A. D. Wright continuaron 

defendiendo con todo tipo de argumentaciones literarias y policiales que Marlowe no murió en esa pelea y que era él y nadie más el auténtico autor de las obras que firmaba el actor Shakespeare. Su argumentación cobra fuerza con el hecho de que un tal Marlowe se paseara por Europa entre 1593, año de su supuesta muerte, y 1627, apareciendo intermitentemente en diferentes ciudades como Padua, Rutland y hasta la hispana Valladolid. ¿Tenía Hoffman razón en su teoría y es Marlowe el autor de obras tan memorables de la literatura universal como Hamlet o Romeo y Julieta? 

Es un hecho que prevalece que hay dudas sobre si Shakespeare fue o no el autor en cuestión de tales obras maestras. Muy recientemente, en octubre de 2011, asistimos al estreno de la película Anonymous, en donde se formula nuevamente la teoría de que Shakespeare no fue el autor de esas obras que normalmente se le reconocen. La película no se postula a favor de Marlowe como el auténtico autor, sino que formula otra hipótesis diferente que no desvelo por si desean ver el largometraje. En todo caso, el asunto de la muerte de Christopher Marlowe sigue siendo enigmático. 

De quien sí sabemos cuándo murió con exactitud es de Calvin Hoffman, en 1987, pero tal era la pasión de este investigador del pasado por confirmar que fue Marlowe, en efecto, quien escribió las obras que firmaba Shakespeare que el propio Hoffman decidió que el tema no quedaría zanjado con su propia muerte. Para ello dejó un testamento con un premio de varios centenares de miles de libras esterlinas que deben ser entregadas como recompensa al investigador o investigadora que sea capaz de demostrar sin ningún margen de duda que fue Marlowe y no Shakespeare el que escribió las obras más famosas de la literatura inglesa. Observarán que he dicho « deben ser entregadas» en presente. Y es que la fundación del King’s College de Canterbury custodia los deseos y el dinero de Hoffman, que sigue esperando. El concurso sigue abierto. Si tienen alguna idea, por favor, no lo duden y preséntenla a la fundación del King’s College. 

Por cierto, el cadáver de Marlowe fue incinerado en menos de veinticuatro horas después de su supuesta muerte. ¿Casualidad o alguien tuvo mucha prisa en que no fuera identificado? Ah, se me olvidaba: curiosamente Shakespeare no publicó nunca nada antes de 1593, año de la muerte de Marlowe. Hay quien cree en las casualidades. Hay quien no. 


jueves, 1 de julio de 2021

EL AUTOR SECRETO (Sobre el autor de El Lazarillo de Tormes), Santiago Posteguillo

 EL AUTOR SECRETO

(La noche que Frankenstein leyó El Quijote, Santiago Posteguillo)



Alguna ciudad de España. Año del Señor de 1553 

Don Diego volvió a leer aquella misiva del rey. No, no había duda. No importaba que apenas hubiera regresado de su puesto de embajador en Roma: el emperador le conminaba a aceptar un nuevo cargo de forma inminente. Don Diego dejó la carta encima del escritorio y meditó en silencio. Al fin, tomó una decisión. Abrió un cajón, extrajo un montón de hojas escritas y las envolvió con cuidado en una piel de cuero para proteger aquellas páginas de la lluvia... y de las miradas indiscretas. 

Se levantó y llamó a uno de los sirvientes de la casa. 

—Mi capa —dijo y, en cuanto se la trajeron, don Diego Hurtado de Mendoza se embozó en ella y salió a la calle. 

Hacía frío y una lluvia fina descargaba con persistencia, aunque lo peor era el viento. Iba armado y era hombre resuelto, así que no le preocupaba que la noche se hubiera apoderado de la ciudad. Caminó así, oculto su rostro en el embozo de su capa. De esa forma se protegía de las inclemencias del tiempo y, a la vez, pasaba desapercibido ante algún otro caballero que debía de ir en busca de dama o que quizá acudía a algún duelo que no entendía ni de rayos ni de truenos. 

Llegado a las afueras de la población, se detuvo frente a una vieja casa que, por sus grietas en las paredes y lo desvencijado de su puerta, no parecía ser morada de nadie de renombre. Don Diego dio varios golpes en la madera con la palma de su mano fría y endurecida a fuerza de luchar en nombre del emperador Carlos V. 

Pasó el tiempo sin obtener respuesta. 

A fuerza de insistir en su llamada, se oyó una voz quebrada, de alguien viejo, que hablaba desde el interior. 

—¡Voto a Dios que no son horas! —decía la voz—. ¿Quién va? 

—¡Abrid en nombre del rey! —exclamó don Diego con el poderoso tono de quien está acostumbrado a mandar. 

La puerta se abrió y una nariz aguileña tras la que asomaban unos ojos inquietos apareció por el umbral. Como fuera que el viejo vio en aquel inoportuno visitante el porte de un caballero y que éste estaba solo, decidió hacerse a un lado y dejarle pasar, aunque, eso sí, siguió maldiciendo e imprecando a Nuestro Señor. 

—Voto a Dios que no es hora de visitas. 

—No es hora, en efecto —dijo don Diego sacudiéndose el agua de los hombros con su sombrero, pero, como hombre decidido que era y para quien el tiempo también apremiaba, sin dudarlo un ápice, sacó una bolsa de debajo de la capa y la arrojó al suelo. 

El peso del metal resonó en aquella estancia mal iluminada por la única vela que sostenía el viejo. Se terminaron las imprecaciones. La puerta se cerró, el viejo se agachó, cogió la bolsa y la llevó a una mesa donde había letras en moldes esparcidas por doquier. El viejo volcó el contenido de la bolsa y el oro resplandeció incluso en aquella tenue luz temblorosa de la vela. 

—Esto es mucho dinero —dijo el viejo, veterano en encargos extraños pero, como siempre, desconfiado—. Nada bueno queréis. 

Don Diego sacó entonces el cuero que envolvía las páginas escritas y lo dejó también sobre la mesa. 

—Ese dinero es en pago por imprimir este libro. Veréis que soy hombre asaz generoso. 

El viejo ladeó la cabeza. 

—Eso depende del riesgo que entrañe imprimir aquello que me habéis traído. Sois caballero, pero tanto secreto y lo avanzado de la noche me hace presentir que de nada bueno se trata. 

—La hora en parte se debe a que he de marchar para Siena al amanecer. A ello me conmina nuestro rey y emperador. El dinero es porque quiero un buen trabajo y... bien, sí, para qué negarlo: algo de peligro hay en el encargo. —Pero entonces don Diego puso sobre la mesa una segunda bolsa de oro. 

El viejo miró la nueva bolsa y miró el cuero con el libro. 

—Aunque sean poemas del mismo diablo, mañana me pondré al trabajo — dijo el anciano acercando la luz a la segunda bolsa. 

—Poemas no son, pero espero que cumpláis vuestra palabra o por Dios que a mi regreso de Siena os he de encontrar y cobraros a palos la traición de no servirme bien en este encargo. Imprimid este libro y luego marchad de la ciudad. Si el trabajo se hace bien sabré de ello, pues sin duda las noticias llegarán hasta Siena. —Y don Diego dejó un tercer saco de monedas sobre la mesa—. Me consta que el negocio no os va bien, pero este extra es por las molestias de vuestro mudar de ciudad. 

El viejo tenía aquella imprenta heredada de su padre. Años atrás, recién nacida aquella invención de juntar palabras, todo fue bien, pero luego fueron tantas las imprentas que apenas había ya negocio para sobrevivir. Aquel encargo parecía como llegado del cielo; o del infierno, que a él tanto le daba. El viejo asintió y empezó a hojear las primeras páginas del libro. Don Diego no esperaba que hubiera ni ocasión ni necesidad de intercambiar más palabras, así que se encaminó hacia la puerta. 

—Hay un problema, caballero —añadió el viejo mientras don Diego atenazaba el tirador de la puerta. 

El caballero se detuvo y se volvió despacio. 

—¿Qué problema?

—Aquí, en el libro, no figura autor alguno. 

Don Diego sonrió de forma siniestra. 

—No lo hay. Es un libro sin escritor ni noticia donde encontrarlo; y vos, amigo mío, vos no me habéis visto. —Y dio media vuelta, abrió la pesada puerta y se desvaneció en la noche de aquella ciudad mojada y oscura. 

Roma. Año del Señor de 1555. 

El papa miraba por la ventana. El gran inquisidor insistía en aquel punto una y otra vez ante el silencio del pontífice. 

—Es imperativo que nos pongamos manos a la obra en este asunto de los libros, santísimo padre. 

—¿Qué asunto? —preguntó el papa Julio III con aire distraído. 

El gran inquisidor sonrió para ocultar en aquella mueca falsa su rabia. Aquel maldito papa sólo pensaba en Inocencio, el niño que había adoptado de la calle y que se había atrevido a nombrar cardenal pese a ser medio analfabeto para sonroja de todos. El inquisidor sabía que necesitaban otro papa, pero, de momento, el asunto de los libros apremiaba y algo debía hacerse a la espera de encontrar el sustituto adecuado para aquel inútil. 

—Se trata del índice de libros, el Index librorum prohibitorum, santísimo padre. Los herejes cada vez publican más libros con esa máquina infernal de la imprenta y no sólo ellos, sino que hasta desde reinos bien fieles como España se imprimen libros libidinosos o con críticas manifiestas contra el clero. 

—¿Desde España? —preguntó el papa algo sorprendido. La verdad es que no había escuchado demasiado nada de lo que había dicho su interlocutor aquella mañana. 

—Sí, santidad —continuó el inquisidor, convencido de que se estaba ganando el cielo a base de ejercitar una paciencia infinita—. En España mismo se ha publicado, por ejemplo, ese insultante Lazarillo de Tormes, donde se hace mofa de todo y de todos —y el inquisidor iba tornándose rojo a cada palabra, a cada sílaba—, y en particular hace burla de clérigos y arciprestes y hasta de las mismísimas bulas papales con un escarnio tan impertinente como sacrílego que no podemos, que no debemos tolerar. 

—El Lazarillo de Tormes —repitió su santidad—. ¿Tan popular se ha hecho ese libro? 

(Diego Hurtado de Mendoza fue un personaje destacado en la corte de Carlos I, nieto del Marqués de Santillana, y buen amigo de Santa Teresa de Jesús o Lope de Vega. 


lunes, 1 de marzo de 2021

EL BUSCADOR, Jorge Bucay

 


Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. 

Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda. 

Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos fueran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción:

 “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. 

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía:

 “Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. 

El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

 - No ningún familiar -dijo el buscador- ¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos? 

El anciano sonrió y dijo: 

-Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda qué fue lo disfrutado…, a la derecha, cuánto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?… ¿Una semana?, dos?, ¿tres semanas y media?… Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana?… ¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?…, ¿y el casamiento de los amigos…?, ¿y el viaje más deseado…?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.


martes, 27 de octubre de 2020

LAS METAMORFOSIS, OVIDIO: ARACNE

ARACNE



Cuando veo una araña en un rincón, tejiendo con afán su eterna tela de seda, siempre la miro con algo de lástima. Si por casualidad estoy solo, me acerco para verla mejor, y le digo con un discreto susurro:
- ¿Tanto te habría costado respetar a los dioses?
Sé muy bien lo que digo, pues conozco de dónde les viene a las arañas el hábito de tejer. Todo empezó hace cientos de años, en el afortunado reino de Lidia. Allí, en una fresca calle de casas encaladas, tenía su taller la joven Aracne, que era la mejor tejedora de su tiempo. Nadie fabricaba tapices tan primorosos como los suyos ni mantas tan bien tramadas. Los dedos de Aracne poseían una destreza admirable. Sus movimientos eran precisos como los cálculos de un matemático, y tan cautivadores como los pasos de danza de una diosa. Aracne sabía convertir cada hebra de hilo en la prometedora semilla de una obra maestra. Verla trabajar era un auténtico gozo, así que nunca faltaban curiosos en su taller. Incluso las ninfas abandonaban los bosques y los viñedos para presenciar cómo Aracne transformaba unos pobres mechones de lana en un tapiz esplendoroso o en una túnica digna de un emperador. El parecer de todos era unánime:
- No hay mejor tejedora que Aracne -solían decir.
Un día, una mujer que estaba en el taller exclamó asombrada: 
- ¡Qué maravilla, Aracne! ¡Parece que la misma Atenea te haya enseñado a tejer!
Cuando Aracne oyó aquello, sus dedos se detuvieron de pronto y sus ojos relumbraron como una brasa avivada por el viento. 
- ¡Atenea no es nadie a mi lado! -exclamó-. Si se atreviera a competir conmigo en el arte de tejer, la vencería de todas todas. 
Pasaron algunos días. Una mañana, poco después del alba, alguien entró en el taller. Aracne oyó los pasos en la puerta, pero no apartó la vista del telar. 
-¿Quieres comprar algo?  -preguntó con indiferencia, sin saber a quién se dirigía. 
La voz que le respondió sonaba fatigada y tenía el tono ronco de la vejez. 
- No he venido a comprar -dijo-, sino a darte un consejo. 
Aracne miró hacia la puerta, y entonces vio a una anciana de cabellos muy blancos y espalda encorvada. Tenía el rostro lleno de arrugas y se apoyaba en un bastón para ayudarse a caminar. Sus dedos, finos como juncos, temblaban en el aire, y el cerco violáceo que rodeaba sus ojos estaba anegado por el agua clara de unas lágrimas involuntarias. 
- Yo no he me pedido ningún consejo -dijo Aracne con cierto desdén. 
- A los viejos nos arrinconan porque no servimos para trabajar, pero nuestra palabra es valiosa, ya que hemos aprendido mucho en nuestra larga vida. Me han dicho que te crees mejor que Atenea, y mi consejo es que no desafíes a los dioses. Esfuérzate por ser la mejor entre todas las mujeres, pero deja en paz a Atenea. Si le pides perdón ahora, seguro que no te castigará…
Aracne enrojeció de rabia. Su voz sonó como el rugido de una bestia salvaje cuando dijo: 
- ¿Quién te crees que eres para decirme lo que debo hacer? ¡Vete a aconsejar a tus hijos, si es que los tienes, y déjame a mí que lleve mi vida como mejor me parezca! Y, si es que te envía Atenea, dile que venga a competir conmigo si se atreve, y así le demostraré que soy mil veces mejor que ella. 
La anciana no respondió, pero su rostro acusó la insolencia. Sus manos dejaron de temblar, y sus ojos cobraron de pronto un reflejo de acero. Fue como si las palabras de Aracne tuvieran la virtud de transformar la materia, pues las arrugas de la anciana se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos, su espalda se enderezó, y su cabello plateado, recogido hasta entonces, cayó por los dos lados de su cabeza como un radiante manantial de oro. Confusa por aquel cambio inesperado, pero sin renunciar a su arrogancia nativa, Aracne dijo: 
- Eres Atenea, ¿verda?
La diosa respondió con una voz juvenil de timbre nítido: 
- Claro que soy Atenea. 
Cualquier otro habría pedio perdón al instante, pero Aracne era demasiado orgullosa para reconocer un error. Más crecida que nunca, dijo: 
- Ya que estás aquí, lo lógico es que compitamos…
Atenea aceptó el desafío, y la competición empezó de inmediato. Por la ciudad corrió la voz de que Aracne iba a enfrentarse a una diosa, y el taller se llenó de curiosos. Situadas cada una ante un telar, las dos rivales iniciaron su trabajo. Movían sus manos con una asombrosa ligereza, entrelazando sin descanso la trama con la urdimbre y la urdimbre con la trama. Ni siquiera se les oía respirar, porque sus cinco sentidos estaban proyectados en la absorbente tarea de tejer. Con hebras doradas y púrpuras, blanco de azahar y azul celeste, fueron creando un mundo de hilo que parecía tan real como la propia vida. Atenea representó en el centro de su tapiz un episodio en que ella misma había intervenido. Mucho tiempo atrás, cuando el universo era todavía una creación palpitante y reciente, el rey Cécrope fundó una ciudad en Grecia (…) Atenea (tras regalar a la ciudad el árbol del olivo) se convirtió en la protectora de la ciudad, a la que decidió darle su nombre. En efecto, aquel lugar floreciente donde los hombres usarían el lenguaje para entender a los demás y conocerse a sí mismos, se llamó Atenas. 
(…) Junto al episodio del olivo, de tan grata memoria, Atenea representó en su tapiz a todos los dioses, con un aspecto solemne de reyes omnipotentes, pues quería dar a entender que los dioses son los amos del universo. Con el mismo fin, retrató a algunos hombres que habían recibido un castigo ejemplar por desafiar a los dioses. (…)
Aracne no veía el tapiz de su rival, pero no le importaba. Delante de su telar, se sentía más poderosa y hábil que Atenea, y estaba segura de que se alzaría con la victoria. Sus ojos estaban tan concentrados en el cruce continuo de los hilos que chispeaban como diamantes abandonados al sol. En el centro de su tapiz, Aracne había retratado a una joven de larga melena que cruzaba el mar a lomos de un toro. Era Europa, la princesa de las manos blancas. (…)
Junto a la desgracia de Europa, el tapiz de Aracne retrataba otros casos de dioses que habían abusado de los seres humanos echando mano de la simulación y el engaño. (…) Aracne, en fin, quería dar a entender que los dioses son esclavos de la pasión y que no dudan en engañar a los mortales cuando quieren hacer realidad sus más íntimos deseos. Su tapiz, en todo caso, era una pieza magnífica, de una belleza minuciosa y arrolladora. Cuando Atenea lo vio, reconoció su perfección al instante. Aquel tapiz era, sin duda mejor que el suyo, y esa evidencia le escoció en el alma. Con todo, lo que más excitó sus iras fue la mala fe con que Aracne había retratado a los dioses. Trastornada por la rabia, Atenea empezó a gritar: 
- ¿Así que los dioses te parecemos caprichosos y despiadados? ¿Quién eres tú para acusarnos de nada? ¿Acaso te crees mejor que nosotros? Dime, maldita Aracne, ¿de dónde has sacado esa insolencia que reina en tu corazón?
Atenea no se limitó a los reproches. Con los ojos desorbitados por la cólera, se lanzó sobre el tapiz de Aracne y lo hizo trizas a fuerza de rasgarlo con las manos, en medio del silencio aterrado de los curiosos que llenaban el taller. Luego, cada vez más alterada, se abalanzó sobre Aracne y le golpeó la frente con la lanzadera que llevaba en la mano, hecha de dura madera de boj. Todos los presentes contuvieron el aliento. Pensaron que Atenea estaba determinada a matar a Aracne y que no dejaría de golpearla hasta que la oyera lanzar su último suspiro. La propia Aracne comprendió que se hallaba en un callejón sin salida, y decidió tomar las riendas de la perdición. Con mano resuelta, sin pensarlo dos veces, agarró un lazo que colgaba de uno de los muros de su taller y se lo pasó alrededor del cuello hasta quedar suspendida en el aire. Nadie se atrevió a impedir la tragedia. Aracne, que se balanceaba sobre el suelo, comenzó a enrojecer. Sus ojos desesperados parecían enormes, y su boca se abría a un ritmo grotesco buscando en vano un poco de aire, y toda su persona se estremecía, con las violentas convulsiones de una bestia recién envenenada. El cuerpo de Aracne estaba a punto de exhalar su último aliento cuanto Atenea decidió arrebatárselo a la muerte. Comprendió que, si permitía que Aracne se quitara la vida, daría alas a la idea de que los dioses son unos desalmados, de modo que agarró a la muchacha por la cintura y la mantuvo en vilo para que no se asfixiara. 
- No dejaré que mueras -dijo-. Seguirás viva, pero pagarás como es debido por tu sacrilegio. Durante el resto de tus días, permanecerás colgada, y eses mismo destino sufrirán todos tus descendientes. Teje, desdichada Aracne, ya que sabes hacerlo tan bien, y cuando no tengas en qué pensar, dedícate a arrepentirte de la arrogancia con que me has tratado. 
Atenea sacó entonces un frasco que llevaba escondido bajo su túnica y que contenía el jugo de una hierba mágica. Cuando lo roció sobre Aracne, la joven perdió sus cabellos y menguó hasta convertirse en una extraña criatura que cabía en la palma de la mano. Su vientre era tan grande que ocupaba casi todo su cuerpo, y en lugar de piernas, tenía unos dedos muy largos y arqueados. Enseguida descubrió que, de su interior, salía un hijo finísimo con el que podía tejer una tela casi invisible. Sí, Aracne fue la primera araña del mundo. Sus descendientes ya no lo recuerdan, pero, cada vez que tienden sus telas entre los tallos del rosal o en el rincón polvoriento de una bodega, están pagando por el crimen antiguo de una muchacha que retó a los dioses. 

viernes, 21 de agosto de 2020

SEPTIEMBRE, Pilar Galán


 

(…) Porque no se puede ser feliz en este tiempo muerto y lentísimo,

el indeseable paréntesis entre una vida que ya es mentira

y otra que no acaba de ser verdad del todo.

Ningún destino es tan ingrato

como el de las personas condenadas a vivir

eternamente en septiembre.

(A. Grandes)

La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.

La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.

La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.

Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.

Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.

Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al híper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.

Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.

Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Solo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.

Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.

Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.

—Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.

Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.

En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.

Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.

Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.

 

A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por el suelo. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.

Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.

Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no, te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.

Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.

Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.

A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.

Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del híper.

Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.

Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…

Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana tose cada vez más.

Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.

Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué, hija, tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo que querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.

Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.

Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.

Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.

Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.

Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.

Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, me pasan la mano por el pelo, me dan besos, me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, solo tú y tus hijos.

Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, siento el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y me duermo, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

 

BIOGRAFÍA PARA TODOS, Antonio Colinas

  Ten sueños altos ahora que eres joven,  pues el tiempo feroz segará pronto tus manos, y tus ojos, y tus labios.  Gozarás hasta entonces de...