CANTAR DEL DESTIERRO.
domingo, 11 de julio de 2021
Cantar del Mio Cid: Salida de Burgos
sábado, 10 de julio de 2021
BERCEO, MILAGROS DE NUESTRA SEÑORA
MILAGRO DEL CLÉRIGO SIMPLE
Era un simple clérigo pobre en sabiduría,
su misa a Santa María decía cada día,
no sabía decir otra, siempre la repetía,
más la sabía por uso que por sabiduría.
Fue el misacantano al obispo acusado
de que era idiota y mal clérigo probado:
“Salve Sancta Parens” sólo tenía usado,
no sabía otra misa el torpe embargado.
Fue duramente movido el obispo a saña.
dijo: “Nunca de prete alguno oí tal hazaña”.
Mandó: “Decid al hijo de tan mala entraña
que venga ante mí y no se ande con mañas”.
Vino ante el obispo el preste pecador,
tenía por el gran miedo perdida la color.
No podía de vergüenza mirar a su señor,
nunca estuvo el mezquino en condición peor.
Díjole el obispo: “Preste, dime la verdad,
si es tal como dicen la tu necedad.”
Díjole el buen hombre: “Señor, por caridad,
si dijese que no, diría falsedad”.
Díjole el obispo:” Cuando no tiene ciencia
para cantar otra misa, ni tiene sentido ni potencia,
Te prohíbo que oficies, lo pongo por sentencia:
vive como mereces con otras ocurrencias”.
Hizo el preste su vía triste y desairado,
no sabía qué hacer de tan avergonzado,
recurrió a la Gloriosa lloroso y desolado,
que le diera un consejo porque estaba aterrado
La madre Gloriosa, madre sin lesión,
Apareciósele al obispo luego en visión.
Díjole fuertes dichos, un pequeño sermón,
Descubriole con ello todo su corazón.
Díjole bravamente: “Don obispo lozano
contra mí, ¿por qué has estado tan fuerte y tan villano?
Yo nunca te falté ni por valor de un grano
y tú me has faltado a mí de un capellano.
El que cantaba mi misa sin perder ningún día,
tú dijiste que erraba, de hereje lo ponías:
lo juzgaste por bestia, de mollera vacía,
le quitaste la orden de la capellanía.
Si tú no le mandares decir la misa mía
como solía decirla, muy gran querella habría:
y tú serás finado el trigésimo día.
¡Entonces verás qué vale la saña de María!
Quedó con amenazas el obispo espantado,
mandó buscar deprisa a aquel preste vedado,
rogole perdonase lo que había pasado,
porque en su asunto fue cruelmente engañado.
Mandolo que cantase como solía cantar,
fuese de la Gloriosa el siervo de su altar
y si algo le faltase para vestir o calzar
que a él se lo pidiese que lo habría de dar.
Tornó el hombre bueno en su capellanía
sirvió a la Gloriosa, madre Santa María;
murió en su oficio, un fin que yo querría
y fue el alma a la gloria a la dulz cofradía.
No podríamos nos tanto escribir ni rezar,
aun cuando bien pudiésemos muchos años durar;
tantos son los milagros que podríamos contar
los que por la Gloriosa se quiso Dios mostrar.
sábado, 3 de julio de 2021
LA NOCHE EN QUE FRANKENSTEIN LEYÓ EL QUIJOTE, Santiago Posteguillo
¿Leyó Frankenstein alguna vez el Quijote? Vayamos paso a paso.
Era el verano de 1816. Mary Shelley y su esposo, el también escritor Percy Bysshe Shelley, acudieron a Suiza, a una hermosa casa en las montañas que su amigo lord Byron tenía en aquel lugar. Allí disfrutaban todos los invitados de un maravilloso verano alpino henchido de bosques, valles y senderos por los que a menudo caminaban para ejercitarse, al tiempo que así admiraban los espectaculares paisajes de aquel territorio. Pero un día, en uno de esos frecuentes cambios meteorológicos propios de las zonas montañosas, las nubes taparon el sol y las lluvias interrumpieron sus excursiones. Y no sólo por una jornada o dos, sino que la lluvia pareció encontrarse cómoda entre aquellas laderas verdes y decidió instalarse por un largo período. Byron, el matrimonio Shelley y el resto de los invitados optaron entonces por reunirse a la luz de una hoguera que ardía en una gran chimenea de la casa en la que se habían instalado y allí, entre copa y copa de vino, deleitarse en la lectura en voz alta que Percy Shelley realizaba de diferentes clásicos de la literatura universal.
Percy Shelley era un reconocido poeta que, como Byron, había tenido que escapar de Inglaterra por el revolucionario tono de muchos de sus poemas contra el gobierno conservador británico que se oponía, entre otras cosas, a cambios en una vetusta ley electoral que impedía que los barrios obreros tuvieran los mismos representantes parlamentarios que las zonas rurales más conservadoras. El caso es que Percy sabía leer en público o declamar de modo que agitaba los corazones o despertaba la imaginación de quien le escuchara.
Lo sabemos con detalle porque todo esto nos lo cuenta la propia Mary Shelley, su esposa: por un lado, en el prólogo a su obra Frankenstein y, por otro, en su propio diario personal, en donde, día a día, la intrépida autora se tomaba la molestia de dejar constancia de todo aquello que había hecho cada jornada: unos escritos que ahora constituyen una pequeña gran joya para críticos literarios y curiosos de toda condición (entre los que me incluyo). Así, Mary nos describe cómo lord Byron, uno de esos interminables días de tormenta veraniega, sin posibilidad de poder salir a la montaña o realizar cualquier otra actividad en el exterior de la casa, se levantó y lanzó un gran reto. Como no podía ser de otra forma, teniendo en cuenta a muchos de los allí presentes, se trataba de un reto literario.
—Os propongo un concurso.
—¿Qué tipo de concurso? —preguntó Percy intrigado y poniendo palabras a la curiosidad de todos los presentes.
—Propongo —empezó entonces lord Byron— que cada uno de nosotros escriba un relato, una historia de terror —dijo bajando la voz, envuelto en las sombras que proyectaba el fuego de la chimenea—. Y el que consideremos como el relato más terrorífico, ése ganará el concurso.
Era, sin duda, un desafío apasionante, y más aún teniendo en cuenta el saber
hacer literario de muchos de los allí reunidos, pero la brillante idea, no obstante, cayó en el olvido con rapidez en cuanto salió el sol y regresó el buen tiempo. Byron y Percy Shelley eran grandes escritores, pero inconstantes (los hombres... ya se sabe), y pronto dejaron las plumas y la tinta y las palabras escritas y se adentraron de nuevo en los hermosos bosques de los Alpes.
Por el contrario, Mary Shelley, mucho más disciplinada que cualquiera de sus amigos masculinos, no se dejó distraer o tentar por las maravillas de la naturaleza, sino que prefirió permanecer en aquella casa y día a día, noche a noche, engendró la maravillosa novela titulada Frankenstein o el moderno Prometeo. Por cierto, Frankenstein no es el monstruo, o la « criatura» , como cariñosamente la define la propia Mary Shelley, sino Victor Frankenstein, el doctor que la crea, aunque todos pensemos siempre en esta criatura cuando oímos el apellido del doctor alemán. Pero lo más interesante de esta historia es que la escritora no creó esta novela desde la nada absoluta, sino imbuida por esos espacios montañosos que la rodeaban (y muchas montañas y frío y nieve hay, sin duda, en el libro que escribió, que abre con un viaje a una región polar); y también influida, de una forma u otra, por las maravillosas lecturas que su esposo Percy seguía haciendo por las noches junto a la chimenea de grandes clásicos de la literatura.
Mary escribía sobre todo durante el día, pero seguía compartiendo con todos las veladas de lectura colectiva donde su marido proseguía deleitándolos con su mágica dicción, que, estoy seguro de ello, debía de dar vida a cada uno de aquellos personajes que aparecían en las novelas seleccionadas. Y una noche especial, tras largas caminatas para unos en la montaña y una intensa sesión de escritura para Mary, Percy eligió una obra maestra de la literatura española traducida al inglés: Don Quijote. Así lo recoge Mary Shelley en su diario en la entrada del 7 de octubre de 1816: « Percy lee Curtius y Clarendon; escribir; Percy lee Don Quijote por la noche.» Y así siguió su marido leyendo cada noche durante todo un mes, un mes eterno e inolvidable para la historia de la literatura universal en el que Mary escribía su gran novela. Hasta que el 7 de noviembre Mary anota en su diario: «Escribir. Percy lee Montaigne por la mañana y termina la lectura de Don Quijote por la noche.»
Mary Shelley se enamoró de la literatura mediterránea y en particular de Cervantes, ya fuera por la pasión con la que Percy leyó aquella traducción del Quijote, o por sus largas estancias en países del sur de Europa. El hecho es que Mary Shelley, años después, entre 1835 y 1837, escribiría la más que bien documentada y aún más que interesante Vidas de los más eminentes hombres de la ciencia y la literatura de Italia, España y Portugal, donde, entre otros muchos autores italianos y portugueses, biografiaba también las vidas de poetas, dramaturgos y novelistas españoles como Boscán, Garcilaso de la Vega,
Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo o Calderón de la Barca. Y es que Mary Shelley hablaba no sólo inglés, sino francés, italiano, portugués y hasta español. ¿Y cómo aprendió español? Muy « sencillo» (obsérvese que escribo sencillo entre comillas): tanto le gustaron el Quijote y su lectura por parte de su esposo en 1816 que, cuatro años después, en 1820, volvió a leerlo, después de haber iniciado el estudio del español, pero esta vez lo leyó directamente en castellano. Y tal es la pasión que Mary Shelley sintió por esa gran obra que el lector curioso encontrará una referencia a Sancho Panza en el prólogo a Frankenstein, igual que podrá observar que la novela de Mary Shelley presenta su relato a través de múltiples narradores (el aventurero Walton, el doctor Frankenstein y hasta el propio monstruo); es decir, la misma técnica narrativa que Cervantes usó para el desarrollo del Quijote (narrado por alguien que encontró un supuesto original en árabe que debe traducir una tercera persona y donde cada uno quita y pone según le place). Y, por si quedan dudas, Mary Shelley decidió recrear la famosa « Historia del cautivo» (capítulos XXXIX- XLI del Quijote, primera parte) en el capítulo 14 de la versión corregida de 1831 de Frankenstein. Para que se hagan una idea de las similitudes: en la « Historia del cautivo» del Quijote, un cristiano secuestrado en un país musulmán es rescatado por una musulmana que está dispuesta a abrazar la fe cristiana desposándose con el cautivo cristiano al que va a ayudar a escapar; mientras que en la novela de Mary Shelley la monstruosa criatura creada por el doctor Frankenstein conocerá a Safie, una musulmana cuyo padre está preso en la cárcel de París y será ayudado por un cristiano que ama a Safie. Las conexiones entre ambos relatos son evidentes, pero no lo digo yo, sino que sesudos artículos académicos como el titulado « Recycling Zoraida: The Muslim Heroine in Mary Shelley’s Frankenstein» [« Reciclando a Zoraida: la heroína musulmana de Frankenstein de Mary Shelley» ], publicado en una revista tan prestigiosa como el Bulletin of the Cervantes Society of America [Boletín de la Sociedad Cervantina de América], certifican esta relación entre un texto y otro.
Hoy día, no obstante, no corren tiempos tan buenos para el bueno de don Quijote. Recuerdo, aún abrumado, una anécdota que me contaron no hace mucho: en una cadena de librerías decidieron que a partir de ahora sería un programa informático el que decidiría qué libros debían permanecer en las estanterías y cuáles, por el contrario, debían ser retirados, ya que nadie había adquirido ningún ejemplar en varios meses. A la hora de realizar el trabajo de retirada de los ejemplares que no eran vendidos, se externalizaba el trabajo contratando a alguien para esa tarea concreta, pues ver qué libros marcaba en rojo el programa, buscarlos en los anaqueles y retirarlos en cajas sólo requería saber leer (conocer el orden alfabético que inventó el bueno de Zenodoto ayudaba a localizar los libros que debían ser retirados con mayor rapidez, pero
no era absolutamente necesario). El caso es que el programa informático no atendía ni siquiera al hecho de que ciertas obras maestras de nuestra literatura han quedado reducidas a lecturas obligatorias de diferentes estudios y que, por lo tanto, sólo se venden al principio del curso académico. El empleado contratado en una de estas librerías realizaba con eficacia su trabajo cuando una de las libreras, algo veterana en estas lides, le detuvo un instante y le dijo:
—Disculpa, pero este libro no lo retires, por favor.
El muchacho, que estaba siendo concienzudo en su tarea, tuvo miedo de que se detectara que no había sido escrupuloso en la realización del trabajo para el que había sido contratado y, con el libro en cuestión aún en la mano, argumentó:
—Es que el título de este libro viene marcado en rojo en el programa.
La veterana librera suspiró.
—Ya, bueno. No importa. Yo asumo la responsabilidad. —Y con cuidado
tomó el volumen que el muchacho sólo cedió con el ceño fruncido y claras muestras de enojo en el rostro. Como imaginarán, el libro en disputa no era otro que un ejemplar del Quijote.
Conclusión: si Mary Shelley aprendió español para poder no ya leer sino degustar el Quijote, ¿no deberíamos todos los que ya tenemos la fortuna de saber español encontrar algún momento de nuestra vida para zambullirnos, aunque sólo sea un rato, en alguno de los maravillosos relatos que pueblan la irrepetible historia del maravilloso Don Quijote? Y pronto, antes de que los programas informáticos decidan que ya no debemos leerlo; o, para ser más justo, antes de que quienes programan los programas informáticos decidan que ya no debemos leerlo.
Nota: El año 1816 sería uno de los más frío que los registros modernos conservan: en abril de 1815 el volcán Tambora, en Indonesia, había entrado en erupción con una violencia tal que no solo dejó más de ochenta mil muertos tras de sí, sino que las cenizas y los gases produjeron una pequeña glaciación que duró unos tres años. Las partículas de polvo volcánico y azufre se extendieron progresivamente y bloquearon la luz del sol, con más fuerza cada mes, mientras se difundían por el resto del mundo.
ALEJANDRO DUMAS Y LA LARGA SOMBRA DE AUGUSTE MAQUET, Santiago Posteguillo
Auguste Maquet llegó a la casa de Dumas un plomizo día de lluvia de 1844. Nada más entrar en la casa del más afamado escritor de Francia, Maquet frunció el ceño: todo era lujo sin control, prueba de un gasto desmedido en telas, cortinajes, alfombras..., y se oían las risas de varias mujeres. Dumas, como siempre, no reparaba en malgastar el dinero en toda suerte de caprichos y productos suntuosos. El mayordomo que le había abierto la puerta hizo un gesto con el que le invitó a seguirle: del amplio vestíbulo pasaron a un largo pasillo y de ahí a un muy espacioso salón.
—Le ruego que espere aquí, por favor —dijo el mayordomo al salir y dejarle solo en aquella enorme habitación.
Auguste Maquet se quedó de pie. Se sentía incómodo en aquella casa y más incómodo con aquella relación secreta que mantenía con el escritor más famoso de Francia. No estaba seguro de que debiera seguir con todo aquello. Él quería empezar su propia carrera como escritor y sentía que con lo que estaba haciendo nunca llegaría a ningún lado.
Alejandro Dumas apareció pronto.
—¿Lo tienes? —preguntó el escritor francés sin tomarse siquiera un segundo para saludar.
Maquet no dijo nada, acostumbrado como estaba a aquella forma de conducirse de Dumas, que no parecía reparar nunca ni en las formas ni en los preámbulos de la etiqueta social. El recién llegado extrajo de debajo de su gabán mojado por la lluvia un grueso manuscrito.
—¿Y bien? —continuó preguntando Dumas mientras cogía el texto y empezaba a hojearlo—. Veamos qué me traes hoy. Espero que sea mejor que el material del mes pasado. Apenas podía hacerse nada con aquello.
—Esto gustará —dijo Maquet conteniéndose.
—Los tres mosqueteros —leyó Dumas en voz alta a la vez que se sentaba en un confortable sillón junto a una enorme chimenea encendida que proyectaba sombras en aquella gran estancia. Las risas de las mujeres aún se oían: descendían por las paredes de la casa como una lluvia de frivolidad que asfixiaba a Maquet.
» Esta noche doy una fiesta. Podrías quedarte y hablamos de esto. Tengo un invitado de España. José es dramaturgo. Alguien interesante —dijo Dumas mirando a su interlocutor, pero Maquet negaba con la cabeza al tiempo que para sí mismo se preguntaba: « ¿Y cuándo no da una fiesta Alejandro Dumas?»
—No, léelo tú y ya hablamos dentro de unos días —respondió Auguste Maquet, quien no quiso decir más ni escuchar más, sino que dio media vuelta y, sin esperar respuesta a su comentario, abrió la puerta, salió del salón, cruzó a paso rápido el pasillo, llegó de regreso a la entrada de la casa, abrió él mismo la puerta de salida sin esperar al mayordomo y echó a andar.
Hubo un instante de duda. Maquet se volvió hacia la casa y vio la silueta de
Alejandro Dumas recortada en uno de los grandes ventanales de la casa que acababa de abandonar, pero se reafirmó en su decisión y reemprendió la marcha hasta que su figura encogida se fundió con la fina lluvia que descargaba sobre la hierba que rodeaba aquella mansión.
Dumas, desde la ventana del gran salón, al abrigo del agradable calor que desprendía la gigantesca chimenea, le vio andar hasta perderse en la tormenta. Alejandro Dumas volvió entonces, caminando lentamente, hacia el calor del fuego. Sabía que Maquet estaba molesto con el asunto de que su nombre no figurara en ninguna de las novelas en las que colaboraba con él, pero los editores insistían en que era el nombre de Dumas, su nombre, el que realmente atraía a los lectores. Alejandro Dumas, una vez situado de nuevo junto a la chimenea, se sentó en una cómoda butaca y tomó el manuscrito que le había traído Maquet.
—Los tres mosqueteros —leyó en voz alta, pronunciando por segunda vez aquella jornada aquel curioso título.
Le llevó un rato empezar a familiarizarse con el relato, pero pronto comprendió que, tal y como había dicho Maquet, podía gustar al gran público. Era el esbozo de una buena historia, pero, como siempre, le faltaba acción y más alma a los personajes, aunque el argumento era bueno, eso tenía que admitirlo... Dumas cogió entonces una pluma de un tintero que tenía en una mesilla junto a la chimenea y se puso a hacer correcciones allí mismo. En ese momento se abrió la puerta del salón y entró el mayordomo.
—Ejem, señor, disculpe la molestia, pero las señoritas preguntan..., y su invitado español, monsieur Zorrilla, querría saber si el señor va a subir de nuevo —dijo el sirviente con la máxima solemnidad que pudo.
Dumas no levantó la mirada de las páginas que estaba corrigiendo.
—No. Estoy ocupado y lo estaré por un buen rato, pero seguro que monsieur Zorrilla estará bien acompañado y no me echará de menos —respondió el escritor; el mayordomo se inclinó y cerró la puerta despacio.
Dumas continuó concentrado, corrigiendo, anotando, pensando. La novela saldría publicada sólo con su nombre, Alejandro Dumas, igual que otras de su larguísima lista de famosas obras como El conde de Montecristo, El vizconde de Bragelonne, Veinte años después o La reina Margot. Todas ellas clásicos de la literatura francesa y algunas auténticas obras maestras de la novela de aventuras en francés o en cualquier otra lengua; pero lo que no suele saberse tanto es que en todas y cada una de ellas participó un siempre olvidado Auguste Maquet.
Alejandro Dumas, escritor genial por otro lado, recurrió a colaboradores para muchas de sus obras. Éste era un hecho que él mismo reconocía abiertamente, en particular la ayuda de Maquet para algunas de sus más famosas novelas, como las mencionadas anteriormente. Las editoriales presionaban a Dumas día tras día reclamándole nuevas historias, nuevos relatos con los que seguir atrayendo a más y más lectores; y Dumas, ambicioso y alguien que disfrutaba
del lujo, las mujeres y los viajes, sucumbió a la tentación. Así, con el correr de los años, la catalogación de las obras atribuidas a Dumas es confusa y, siempre, abrumadora: un día, movido por la simple curiosidad, me puse a contar el número de novelas firmadas por Alejandro Dumas y, considerando las de viajes, las novelas históricas, las biográficas y las de terror, me salieron ciento ocho, pero está claro que muchas se me escapaban. Hay catálogos que cifran entre unas doscientas y trescientas las obras de Dumas. Corre por ahí incluso una anécdota que, sea o no cierta, es ilustrativa de la forma en que Dumas trabajaba: un día Alejandro Dumas se encontró por la calle con su hijo y le preguntó:
—¿Has leído mi última novela?
—Sí, la he leído, ¿y tú? —respondió su hijo.
No sé si será verídica la cita, pero resume bien la situación.
La estrategia de usar « negros» (es decir, recurrir a otros escritores que
escriban parte o la totalidad de libros que luego firma otro autor) siempre ha existido en la literatura. Para no levantar suspicacias nacionales, pondré ejemplos anglosajones: en 1622 se publicó una versión de Medida por medida de Thomas Middleton, pero con la firma de Shakespeare para atraer a más público; en 1832 se publicó Count Robert of Paris con la firma de sir Walter Scott, pero realmente la escribió su yerno (ya hemos comentado aquí la popularidad del nombre de Scott); pero hay más: El ángel que nos mira, atribuida a Thomas Wolfe, fue « retocada» por Maxwell Perkins a petición de la editorial; y cuando la popular novelista V. C. Andrews falleció en 1986, la familia contrató a un « negro» ( ghost writer, es decir, « escritor fantasma» , lo llaman en inglés, por aquello de ser políticamente correctos y no implicar a otra raza en este asunto) para que siguiera escribiendo más novelas: Andrew Neiderman, el elegido para proseguir con la saga que inició V. C. Andrews, terminó primero dos novelas inacabadas de la autora y luego, como había cogido carrerilla, se inventó ocho más. Pero créanme que el que se sale aquí es Ronald Reagan, quien a una pregunta relacionada con su supuesta autobiografía respondió con aplomo:
—Dicen que es un libro increíble. Un día de éstos lo leeré.
Hay que reconocerle la sinceridad al ex presidente norteamericano. Volviendo a Dumas y Maquet, cabe decir que Arturo Pérez-Reverte recoge
en la fascinante trama de El club Dumas la relación entre estos dos escritores. Pero, al final de todo esto, ¿qué debemos pensar entonces de Dumas? Mi conclusión es que Dumas tenía un toque genial, un saber hacer, un saber transformar en aventura y ritmo trepidante relatos que otros no llegaban a presentar de la forma más impactante y emotiva posible. Dumas, por su parte, fue, cuando menos, parcialmente «honesto» al reconocer que tenía colaboradores; sin embargo, creo que habría sido más justo que en sus novelas, especialmente en aquellas en las que colaboró tan estrechamente con Maquet, los editores hubieran puesto como autores a Alejandro Dumas y a Auguste Maquet.
Es cierto que cuando Maquet se separó de Dumas e intentó una carrera en solitario sus novelas no llegaron muy lejos, pero también es cierto que la mejor época de Dumas se corresponde con aquellos años en los que colaboraba con Maquet, así que algo especial tendría también Maquet, o la chispa que atraía a tantos surgía quizá precisamente de esa colaboración Dumas-Maquet. En cualquier caso, si leen o releen Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, disfrútenlos y, ya puestos, no se olviden del bueno de Auguste Maquet, que algo tuvo que ver en todo el asunto. Lo que nunca sabremos es cuánto.
EL AVE MARÍA DE SCHUBERT Y LA NOVELA HISTÓRICA, Santiago Posteguillo
¿ESCRIBIÓ SHAKESPEARE LAS OBRAS DE SHAKESPEARE?, Santiago Posteguillo.
30 de mayo de 1593. Una posada en Deptford, junto al Támesis, a dieciséis millas de Londres. Cuatro hombres comparten una cena. La cerveza ha sido abundante. Sin embargo hay pocas risas. Los hombres hablan en voz baja. De pronto uno se levanta alterado.
—Prometiste que pagaríais vosotros.
—Siéntate, Marlowe, por Dios —le responde Ingram, uno de sus compañeros, cogiéndole del brazo, pero Marlowe está fuera de sí. Ya entró nervioso en la taberna y a cada cerveza se había puesto más irascible aún.
—¡Malditos miserables! ¡Malditos mentirosos! —les espeta Marlowe con agresividad.
Robert y Nicholas cogen entonces a Marlowe por los brazos, mientras que Eleanor Bull, la viuda dueña del alojamiento, desciende a toda prisa desde el piso superior. Marlowe se zafa del abrazo de sus compañeros y esgrime una daga ante el perplejo rostro de su amigo Ingram.
—¡Sois todos unos traidores y pagaréis por ello como pagaréis esta maldita cuenta! —insiste un Marlowe fuera de sí.
Ninguno parece entender por qué Marlowe reacciona con esa violencia.
—¡Señores, ésta es una casa honrada! —exclama Eleanor Bull aterrorizada, pero y a es tarde para todo.
Marlowe, borracho, embiste a Ingram con su daga. Ingram, no obstante, ha estado en mil reyertas de taberna: coge la muñeca de Marlowe, la retuerce y el puñal desaparece de la vista de todos. Lo siguiente que se oye es el grito de agonía de Marlowe a la vez que un gran charco de sangre empieza a salpicarlo todo. En ese momento se abre la puerta. Danby, el juez de la reina, de paso por Deptford, ha oído los gritos de la lucha y entra en el comedor.
—En nombre de la reina, ¿qué ocurre aquí?
Y todo se detiene.
A los pocos minutos, el cuerpo sin vida de Christopher Marlowe, poeta y autor
de teatro isabelino, es puesto en una carreta acompañando al cadáver de un recién ahorcado. Eleanor Bull y otros testigos están declarando. Ingram es detenido por posible asesinato. Danby parte hacia Londres custodiando a Ingram y se adelanta al grupo de sus hombres que conducen la carreta con los cuerpos sin vida de aquellos miserables. El carromato, más despacio, con Robert y Nicholas velando al fallecido Marlowe, cruza Deptford con los dos cadáveres, el de Marlowe y el del ahorcado. Justo a la salida del pueblo, el cuerpo sin vida de Christopher Marlowe abre los ojos y se sienta.
—¿Qué mierda roja es ésta? —pregunta.
Ni Robert ni Nicholas ni el conductor del carro se sorprenden.
—Sangre de vaca —responde Robert en un susurro—, hemos usado sangre de
vaca; y sigue tumbado, que todavía no hemos dejado el pueblo. Aún conseguirás que nos maten a todos, pero esta vez de verdad.
Marlowe obedece y, aunque a regañadientes, maldiciendo el mal olor de aquella sangre, se recuesta de nuevo en el carro. El cadáver del ahorcado tampoco hace muy grato el viaje.
En pocos minutos llegan a un muelle. Marlowe se cambia de ropa, sube a una barca que lo conduce a un mercante anclado en medio del río y desaparece de Inglaterra con destino al continente. A todos los efectos, Christopher Marlowe, autor de grandes obras del teatro isabelino como El doctor Fausto, El judío de Malta o La masacre en París, ha muerto. El cuerpo del ahorcado sirve a sus compañeros para entregarlo en lugar del suyo. El supuestamente malogrado escritor ha dejado de existir, al menos en Inglaterra.
Sin embargo, la vida de Marlowe sigue en Francia, Italia y otros países como agente secreto al servicio de la corona inglesa, la misma institución que está detrás de su ficticio asesinato para evitar que fuera detenido e interrogado bajo tortura y que sus posibles confesiones comprometieran a altos funcionarios de la corona para los que había estado trabajando durante años. Marlowe, desde Europa, envía informes con regularidad a Londres, pero también envía algo más. Y es que su vieja pasión, un extraño vicio que le reconcome las entrañas, no le ha abandonado. De noche, cuando no puede dormir por el calor de algunos de los países mediterráneos en los que deambula, o quizá en medio de un perenne insomnio motivado por las preocupaciones, sigue escribiendo. Así nacen Hamlet, Otelo, Julio César, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, Mucho ruido y pocas nueces, El sueño de una noche de verano, Antonio y Cleopatra, Macbeth y tantas otras. Marlowe envía los manuscritos a Inglaterra, a su buen amigo Thomas Walsingham, primo de sir Francis Walsingham, secretario de la reina Isabel. Thomas, admirado por la calidad de las obras, busca un hombre, un joven actor, y le ofrece un pacto: que sea él el rostro conocido que firma esos nuevos escritos de un Marlowe supuestamente muerto en una reyerta de taberna. Este joven actor, de nombre William Shakespeare, acepta. No tiene nada que perder.
¿Es todo esto cierto o estamos ante un dislate? La corriente dominante en la historia de la literatura inglesa sigue siendo la de considerar a Shakespeare como el autor de todas las grandes obras isabelinas que habitualmente se le atribuyen, pero hay quien ha dudado de que Shakespeare, hombre sin formación académica conocida, pudiera escribir semejantes obras maestras. Así Zeigler en 1895 y Webster en 1923 plantean sus dudas de forma rigurosa en diferentes publicaciones académicas. A esto se une que en 1925 se descubre el documento sobre la investigación oficial sobre la muerte de Marlowe: Ingram recibió un indulto de la reina cuatro semanas después de la supuesta muerte de Marlowe, alegándose defensa propia; los testigos presentaban contradicciones extrañas en sus declaraciones y es curioso que el juez de la reina, Danby, estuviera justo en el sitio del asesinato en el momento exacto en que supuestamente se produjo aquella reyerta. En 1955 Calvin Hoffman y en 1994 A. D. Wright continuaron
defendiendo con todo tipo de argumentaciones literarias y policiales que Marlowe no murió en esa pelea y que era él y nadie más el auténtico autor de las obras que firmaba el actor Shakespeare. Su argumentación cobra fuerza con el hecho de que un tal Marlowe se paseara por Europa entre 1593, año de su supuesta muerte, y 1627, apareciendo intermitentemente en diferentes ciudades como Padua, Rutland y hasta la hispana Valladolid. ¿Tenía Hoffman razón en su teoría y es Marlowe el autor de obras tan memorables de la literatura universal como Hamlet o Romeo y Julieta?
Es un hecho que prevalece que hay dudas sobre si Shakespeare fue o no el autor en cuestión de tales obras maestras. Muy recientemente, en octubre de 2011, asistimos al estreno de la película Anonymous, en donde se formula nuevamente la teoría de que Shakespeare no fue el autor de esas obras que normalmente se le reconocen. La película no se postula a favor de Marlowe como el auténtico autor, sino que formula otra hipótesis diferente que no desvelo por si desean ver el largometraje. En todo caso, el asunto de la muerte de Christopher Marlowe sigue siendo enigmático.
De quien sí sabemos cuándo murió con exactitud es de Calvin Hoffman, en 1987, pero tal era la pasión de este investigador del pasado por confirmar que fue Marlowe, en efecto, quien escribió las obras que firmaba Shakespeare que el propio Hoffman decidió que el tema no quedaría zanjado con su propia muerte. Para ello dejó un testamento con un premio de varios centenares de miles de libras esterlinas que deben ser entregadas como recompensa al investigador o investigadora que sea capaz de demostrar sin ningún margen de duda que fue Marlowe y no Shakespeare el que escribió las obras más famosas de la literatura inglesa. Observarán que he dicho « deben ser entregadas» en presente. Y es que la fundación del King’s College de Canterbury custodia los deseos y el dinero de Hoffman, que sigue esperando. El concurso sigue abierto. Si tienen alguna idea, por favor, no lo duden y preséntenla a la fundación del King’s College.
Por cierto, el cadáver de Marlowe fue incinerado en menos de veinticuatro horas después de su supuesta muerte. ¿Casualidad o alguien tuvo mucha prisa en que no fuera identificado? Ah, se me olvidaba: curiosamente Shakespeare no publicó nunca nada antes de 1593, año de la muerte de Marlowe. Hay quien cree en las casualidades. Hay quien no.
jueves, 1 de julio de 2021
EL AUTOR SECRETO (Sobre el autor de El Lazarillo de Tormes), Santiago Posteguillo
EL AUTOR SECRETO
(La noche que Frankenstein leyó El Quijote, Santiago Posteguillo)
Alguna ciudad de España. Año del Señor de 1553
Don Diego volvió a leer aquella misiva del rey. No, no había duda. No importaba que apenas hubiera regresado de su puesto de embajador en Roma: el emperador le conminaba a aceptar un nuevo cargo de forma inminente. Don Diego dejó la carta encima del escritorio y meditó en silencio. Al fin, tomó una decisión. Abrió un cajón, extrajo un montón de hojas escritas y las envolvió con cuidado en una piel de cuero para proteger aquellas páginas de la lluvia... y de las miradas indiscretas.
Se levantó y llamó a uno de los sirvientes de la casa.
—Mi capa —dijo y, en cuanto se la trajeron, don Diego Hurtado de Mendoza se embozó en ella y salió a la calle.
Hacía frío y una lluvia fina descargaba con persistencia, aunque lo peor era el viento. Iba armado y era hombre resuelto, así que no le preocupaba que la noche se hubiera apoderado de la ciudad. Caminó así, oculto su rostro en el embozo de su capa. De esa forma se protegía de las inclemencias del tiempo y, a la vez, pasaba desapercibido ante algún otro caballero que debía de ir en busca de dama o que quizá acudía a algún duelo que no entendía ni de rayos ni de truenos.
Llegado a las afueras de la población, se detuvo frente a una vieja casa que, por sus grietas en las paredes y lo desvencijado de su puerta, no parecía ser morada de nadie de renombre. Don Diego dio varios golpes en la madera con la palma de su mano fría y endurecida a fuerza de luchar en nombre del emperador Carlos V.
Pasó el tiempo sin obtener respuesta.
A fuerza de insistir en su llamada, se oyó una voz quebrada, de alguien viejo, que hablaba desde el interior.
—¡Voto a Dios que no son horas! —decía la voz—. ¿Quién va?
—¡Abrid en nombre del rey! —exclamó don Diego con el poderoso tono de quien está acostumbrado a mandar.
La puerta se abrió y una nariz aguileña tras la que asomaban unos ojos inquietos apareció por el umbral. Como fuera que el viejo vio en aquel inoportuno visitante el porte de un caballero y que éste estaba solo, decidió hacerse a un lado y dejarle pasar, aunque, eso sí, siguió maldiciendo e imprecando a Nuestro Señor.
—Voto a Dios que no es hora de visitas.
—No es hora, en efecto —dijo don Diego sacudiéndose el agua de los hombros con su sombrero, pero, como hombre decidido que era y para quien el tiempo también apremiaba, sin dudarlo un ápice, sacó una bolsa de debajo de la capa y la arrojó al suelo.
El peso del metal resonó en aquella estancia mal iluminada por la única vela que sostenía el viejo. Se terminaron las imprecaciones. La puerta se cerró, el viejo se agachó, cogió la bolsa y la llevó a una mesa donde había letras en moldes esparcidas por doquier. El viejo volcó el contenido de la bolsa y el oro resplandeció incluso en aquella tenue luz temblorosa de la vela.
—Esto es mucho dinero —dijo el viejo, veterano en encargos extraños pero, como siempre, desconfiado—. Nada bueno queréis.
Don Diego sacó entonces el cuero que envolvía las páginas escritas y lo dejó también sobre la mesa.
—Ese dinero es en pago por imprimir este libro. Veréis que soy hombre asaz generoso.
El viejo ladeó la cabeza.
—Eso depende del riesgo que entrañe imprimir aquello que me habéis traído. Sois caballero, pero tanto secreto y lo avanzado de la noche me hace presentir que de nada bueno se trata.
—La hora en parte se debe a que he de marchar para Siena al amanecer. A ello me conmina nuestro rey y emperador. El dinero es porque quiero un buen trabajo y... bien, sí, para qué negarlo: algo de peligro hay en el encargo. —Pero entonces don Diego puso sobre la mesa una segunda bolsa de oro.
El viejo miró la nueva bolsa y miró el cuero con el libro.
—Aunque sean poemas del mismo diablo, mañana me pondré al trabajo — dijo el anciano acercando la luz a la segunda bolsa.
—Poemas no son, pero espero que cumpláis vuestra palabra o por Dios que a mi regreso de Siena os he de encontrar y cobraros a palos la traición de no servirme bien en este encargo. Imprimid este libro y luego marchad de la ciudad. Si el trabajo se hace bien sabré de ello, pues sin duda las noticias llegarán hasta Siena. —Y don Diego dejó un tercer saco de monedas sobre la mesa—. Me consta que el negocio no os va bien, pero este extra es por las molestias de vuestro mudar de ciudad.
El viejo tenía aquella imprenta heredada de su padre. Años atrás, recién nacida aquella invención de juntar palabras, todo fue bien, pero luego fueron tantas las imprentas que apenas había ya negocio para sobrevivir. Aquel encargo parecía como llegado del cielo; o del infierno, que a él tanto le daba. El viejo asintió y empezó a hojear las primeras páginas del libro. Don Diego no esperaba que hubiera ni ocasión ni necesidad de intercambiar más palabras, así que se encaminó hacia la puerta.
—Hay un problema, caballero —añadió el viejo mientras don Diego atenazaba el tirador de la puerta.
El caballero se detuvo y se volvió despacio.
—¿Qué problema?
—Aquí, en el libro, no figura autor alguno.
Don Diego sonrió de forma siniestra.
—No lo hay. Es un libro sin escritor ni noticia donde encontrarlo; y vos, amigo mío, vos no me habéis visto. —Y dio media vuelta, abrió la pesada puerta y se desvaneció en la noche de aquella ciudad mojada y oscura.
Roma. Año del Señor de 1555.
El papa miraba por la ventana. El gran inquisidor insistía en aquel punto una y otra vez ante el silencio del pontífice.
—Es imperativo que nos pongamos manos a la obra en este asunto de los libros, santísimo padre.
—¿Qué asunto? —preguntó el papa Julio III con aire distraído.
El gran inquisidor sonrió para ocultar en aquella mueca falsa su rabia. Aquel maldito papa sólo pensaba en Inocencio, el niño que había adoptado de la calle y que se había atrevido a nombrar cardenal pese a ser medio analfabeto para sonroja de todos. El inquisidor sabía que necesitaban otro papa, pero, de momento, el asunto de los libros apremiaba y algo debía hacerse a la espera de encontrar el sustituto adecuado para aquel inútil.
—Se trata del índice de libros, el Index librorum prohibitorum, santísimo padre. Los herejes cada vez publican más libros con esa máquina infernal de la imprenta y no sólo ellos, sino que hasta desde reinos bien fieles como España se imprimen libros libidinosos o con críticas manifiestas contra el clero.
—¿Desde España? —preguntó el papa algo sorprendido. La verdad es que no había escuchado demasiado nada de lo que había dicho su interlocutor aquella mañana.
—Sí, santidad —continuó el inquisidor, convencido de que se estaba ganando el cielo a base de ejercitar una paciencia infinita—. En España mismo se ha publicado, por ejemplo, ese insultante Lazarillo de Tormes, donde se hace mofa de todo y de todos —y el inquisidor iba tornándose rojo a cada palabra, a cada sílaba—, y en particular hace burla de clérigos y arciprestes y hasta de las mismísimas bulas papales con un escarnio tan impertinente como sacrílego que no podemos, que no debemos tolerar.
—El Lazarillo de Tormes —repitió su santidad—. ¿Tan popular se ha hecho ese libro?
(Diego Hurtado de Mendoza fue un personaje destacado en la corte de Carlos I, nieto del Marqués de Santillana, y buen amigo de Santa Teresa de Jesús o Lope de Vega.
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