martes, 5 de julio de 2022

LA ODISEA (Canto V: la isla de Calipso), Homero


 

Cuando ya arribó a la isla que estaba lejana, entonces salió del mar de color violeta echando a andar sobre la tierra firme hasta que llegó a la vasta cueva en la que habitaba la ninfa de hermosas trenzas. Y la encontró a ella en su interior. En el hogar ardía un gran fuego y el olor del cedro de aromática madera y el de la tuya al quemarse se dejaba sentir desde lejos en la isla. Y dentro ella cantaba con bella voz, mientras manejando el telar con su áurea lanzadera tejía. En derredor de la cueva había crecido un bosque frondoso, que poblaban el aliso, el álamo y el fragante ciprés. Allí anidaban aves de amplias alas: búhos, gavilanes y cornejas marinas de pico alargado, que encuentran su faena en el mar. Allí mismo, en torno a la cóncava gruta, se había extendido una rozagante viña, que estaba colmada de racimos. Cuatro fuentes en hilera manaban con agua clara, cercanas entre sí y orientadas cada una hacia un lado, y a ambos costados florecían los prados herbosos de violetas y apio silvestre. Hasta un inmortal, que por allí llegara, se asombraría contemplando el paisaje y se sentiría regocijado en su corazón. 



jueves, 9 de diciembre de 2021

ROMANCERO: El Conde Olinos

 


                                                  Madrugaba el conde Olinos,

mañanita de San Juan,

a dar agua a su caballo

a las orillas del mar.


Mientras el caballo bebe

canta un hermoso cantar:

las aves que iban volando

se paraban a escuchar;

caminante que camina

detiene su caminar,

navegante que navega

la nave vuelve hacia allá.



Desde la torre más alta

la reina le oyó cantar:

-Mira, hija, cómo canta

la sirenita del mar.

-No es la sirenita, madre,

que esa no tiene cantar;

es la voz del conde Olinos,

que por mí penando está.

-Si por tus amores pena

yo le mandaré matar,

que para casar contigo

le falta sangre real.

-¡No le mande matar, madre;

no le mande usted matar,

que si mata al conde Olinos

juntos nos han de enterrar!

-¡Que lo maten a lanzadas

y su cuerpo echen al mar!

Él murió a la media noche;

Ella, a los gallos cantar.

A ella, como hija de reyes,

la entierran en el altar, 

y a él, como hijo de condes,

unos pasos más atrás.

De ella nace un rosal blanco;

de él, un espino albar.

Crece uno, crece el otro,

los dos se van a juntar.

La reina, llena de envidia,

ambos los mandó cortar;

el galán que los cortaba

no cesaba de llorar.

De ella nacería una garza;

de él, un fuerte gavilán.

Juntos vuelan por el cielo,

Juntos vuelan par a par.

lunes, 15 de noviembre de 2021

CANTAR DE MIO CID: Una demanda justa



 Del Cid no quitan los ojos    cuanto están viéndolo.

Era su barba muy larga,     y atada con el cordón.

Tal como él se ha presentado,     muestra ser un gran varón. 

Con vergüenza no lo miran    infantes de Carrión.

Y el buen rey Alfonso entonces    allí en pie se levantó: 

"Oídme, mesnadas mías,    ¡así os valga el Creador!

Solo dos Cortes reuní    desde que vuestro rey soy.

La una se juntó en Burgos    y la otra en Carrión; 

esta tercera en Toledo    la vine aquí a juntar hoy,

por amor del Cid Ruy Díaz,     el que en buen hora nació,

que pide en justo derecho    cuantas a los de Carrión: 

gran afrenta es que han hecho,     según es pública voz (...)

Que comience la demanda    nuestro Cid Campeador.

Sabremos lo que responden     los infantes de Carrión".

Besó el Cid la mano al rey    y de pie allí les habló:

"Esto mucho os agradezco    como a rey y como a señor,

pues que juntasteis las Cortes    solamente por mi amor. 

Oíd lo que les demando    a infantes de Carrión.

Porque dejaron a mis hijas     no recibí deshonor,

pues vos las casasteis, rey,     vos sabréis lo que hacer hoy. 

Cuando sacaron mis hijas    de Valencia, la mayor,

a los dos bien los quería    con el alma y corazón.

Y les di las dos espadas,    a Colada y a Tizón,

que bien me las gané,    como lo hace un buen varón,

porque con ellas se honrasen,     y sirviesen bien a vos. 

Cuando mis hijas dejaron,    en Corpes, tan a traición,

nada quisieron conmigo, perdieron mi estimación. 

Vuélvanme mis dos espadas,     que mis yernos ya no son".

Así lo otorgan los jueces:     "Pedido fue con razón".



viernes, 12 de noviembre de 2021

LAS METAMORFOSIS: La Osa Mayor

 


Durante meses, la Tierra exhaló un calor sofocante, como un enfermo abrasado por la fiebre. La locura de Faetón había calcinado la piel del mundo, y la naturaleza se mostraba más apagada que nunca. Hubo que esperar mucho tiempo antes de que las hojas renacieran en los árboles y el rojo intenso de las primeras flores rompiese la costra del carbón. Al final, como siempre, triunfó la vida, y entonces Júpiter se sintió tan dichoso que se abrió por entero al amor. Una mañana, al mirar hacia el mundo, vio a la ninfa Calisto sentada al pie de un olmo. Estaba lamiendo un pedazo de panal, pero derrochaba tanta gracia y belleza en la ejecución de aquel acto tan simple, que Júpiter quedó embelesado. Durante un buen rato, no pudo apartar los ojos de aquella muchacha: admiró su bandada de rizos, su mirada oceánica, su piel color de espuma... La deseó, en fin, con tantas fuerzas, que se propuso conquistarla de inmediato. 

    Calisto oyó un rumor de pasos en el bosque. Cuando alzó la cabeza, descubrió a la diosa Diana, que se acercaba tan blanca y distinguida como siempre, con su arco de oro en la mano. Calisto sonrió. Pertenecía desde niña al séquito de Diana, y solía acompañarla en sus partidas de caza. 

- ¡Salve, Diana! -dijo con alegría. 

    La diosa no se inmutó. Sin decir una sola palabra, se sentó al lado de Calisto y empezó a besarla muy cerca de la boca. Calisto, desconcertada, apartó el rostro. No podía entender que Diana, tan partidaria de la castidad, se portara de pronto como un adolescente encendido de amor. Calisto intuyó que estaba cayendo en una trampa, y dijo con voz tenue: 

- No eres Diana, ¿verdad?

    No era Diana, no, Júpiter, tan sabio en los engaños del amor, se había hecho pasar por una diosa para acercarse a Calisto sin despertar sospechas. Una vez descubierto el engaño, recobró su aspecto de siempre, y entonces acentuó la intensidad de sus caricias y sus besos. Calisto estaba muerta de miedo, pero no se resistió, pues, ¿de qué sirve oponerse a los designios de los dioses?

    Cuando Júpiter se fue, Calisto rompió a llorar. Se sentía burlada, humillada, vencida. En los días que siguieron, acompañó de nuevo a la auténtica Diana, pero ya no pudo librarse de una molesta sensación de culpa. Diana exige a las doncellas de su séquito que se mantengan vírgenes, y Calisto había dejado de serlo. Se sentía una traidora, y andaba siempre con la cabeza gacha por miedo a que sus ojos la delatasen. 

    Una tarde, al pasar junto a un río, Diana decidió darse un baño. 

- ¡Quitaos la ropa! -les dijo a sus ninfas-. ¡Vamos a refrescarnos!

    Solo Calisto permaneció vestida. Su rostro estaba encendido de vergüenza, y el temblor de su túnica revelaba el ritmo ansioso de su respiración. 

- ¿Es que no te vas a bañar? -le preguntó Diana. 

Calisto no supo qué decir. Con los ojos clavados en el suelo, permanecía inmóvil como una estatua de piedra. De pronto, una de las ninfas se acercó riendo, con ánimos festivos, y le arrancó la túnica con un rápido tirón. Calisto, al verse desnuda, se sintió al filo de la muerte. Trató de cubrirse con las manos, pero ya era tarde. Todas habían visto la curva de su vientre...

Diana, loca de furia, lanzó un grito desgarrado que estremeció el bosque. 

- ¡Apártate de mi vista ahora mismo! -dijo-. ¿Cómo te atreves a acompañarme si ya no eres pura? ¡Márchate, Calisto, y no vuelvas a mi lado nunca más! ¡Ojalá que la Fortuna te castigue como mereces!

    Pocos meses después, Calisto dio a luz al pequeño Arcas. Fueron días felices que, por desgracia, duraron poco, pues la diosa Juno, enterada de que Júpiter le había sido infiel, decidió castigar a Calisto para que no volviera a disputarle el amor de su esposo. No solo la asaltó en pleno bosque y la arrastró por el suelo hasta dejarla cubierta de arañazos, sino que le arrebató su forma humana y la transformó en una osa. A Calisto, nada le dolió tanto como tener que apartarse de su hijo. En adelante, vivió en una cueva, en la montaña. Se pasaba los días huyendo de los cazadores, y ni siquiera confiaba en los otros osos, a los que  lograba ver como hermanos. 

    Pasaron quince años. Una tarde, en el bosque, Calisto se encontró cara a cara con un cazador. Los dos se espantaron, y durante un instante que pareció eterno cruzaron en silencio sus miradas. La respiración agitada de la osa alternaba con el jadeo de pánico del cazador. De pronto, Calisto reconoció en la mirada de aquel muchacho un aire familiar, y su memoria regresó a los días remotos en que acunaba a Arcas entre sus brazos, y le besaba la frente con ternura y le cantaba en susurros para que se durmiera. Calisto comprendió sin duda alguna que aquel joven cazador era su hijo. Ni el tiempo ni el dolor habían logrado apagar el amor que le tenía. Arcas, ignorante de la trascendencia de aquel momento, apuntó con su arco al corazón de la osa, y la flecha empezó a surcar el aire dispuesta a hacerle un buen servicio a la muerte. La tragedia parecía inevitable, pero, en el último momento, Júpiter intervino para impedirla. Compadecido de Calisto, y arrepentido del inmenso dolor que le había causado, detuvo de pronto la flecha en el aire y evitó así el triunfo de la muerte. Luego, transformó a Arcas en un cachorro de oso para que el amor fluyera con naturalidad entre el hijo y la madre, y al cabo elevó a las dos bestias hasta lo más alto del cielo. Una vez allí, las convirtió en un par de constelaciones para salvarlas definitivamente de todas las tristezas del mundo. 

Allí siguen, rodeadas de estrellas. A Calisto la llaman la Osa Mayor, y a su hijo la Osa Menor, y los dos orientan con su brillo eterno a los marinos que atraviesan la mar en medio de la noche. 

(Metamorfosis, Ovidio. Adaptación de Agustín Sánchez Aguilar. Vicens Vives. Clásicos Adaptados)

lunes, 18 de octubre de 2021

LA ODISEA: LA ISLA DE LOS CÍCLOPES



 Desde allí proseguimos navegando con el corazón acongojado y llegamos a la tierra de los cíclopes de un solo ojo, los soberbios, los sin ley; los que, confiados en los inmortales, no plantan con sus manos frutos ni labran la tierra, sino que todo les nace sin sembrar y sin arar: trigo, cebada y viñas de grandes racimos que producen rojo vino. La lluvia de Zeus se los hace crecer. Habitan las cumbres de elevadas montañas, en profundas cuevas. No tienen ágoras donde se reúnan para deliberar, ni tienen leyes. Cada cual impera sobre sus hijos y mujeres, y no se preocupan unos de otros. 

Más allá del puerto se extiende una isla llena de bosques, no muy cerca ni a gran distancia de la tierra de los cíclopes. En ella se crían innumerables cabras salvajes, pues no pasan por allí los cazadores que se fatigan recorriendo los bosques de las crestas de los montes. Esta isla alimenta las baladoras cabras aunque no posee ganados ni cultivos, así que, no arada ni sembrada, carece de labriegos todo el año. Los cíclopes no poseen naves de rojas proas ni disponen de artesanos que se las construyan, las cuales tendrían como destino cada una de las ciudades de los mortales, a las que suelen llegar los hombres atravesando el mar con sus embarcaciones, unos en busca de otros. Estos hubieran podido hacer que fuese más poblada aquella isla, que no es mala, y daría a su tiempo frutos de toda especie porque tiene, junto al canoso mar, prados húmedos y blandos y allí las viñas producirían constantemente. La parte inferior es llana, apta para labrar y podrían segarse, en la estación oportuna, mieses altísimas por ser el suelo muy fértil. También hay en ella un puerto fácil para atracar, donde no hay necesidad de cable ni de arrojar las anclas ni de atar las amarras. Se puede permanecer allí, una vez arribados, hasta el día en que el ánimo de los marineros les impulse a partir y soplen los vientos. En la parte alta del puerto corre un agua resplandeciente, una fuente que surge de la profundidad de una cueva alrededor de la cual crecen álamos. 

Hacia allí navegamos y un dios nos conducía a través de la oscura noche. No teníamos luz para verlo, pues la bruma era espesa en torno a las naves y Selene, la luna, no irradiaba su luz desde el cielo y era retenida por las nubes; así nadie vio la isla con sus ojos ni las enormes olas que rodaban hacia tierra hasta que arrastramos las naves de buenos bancos. Recogimos todas las velas, descendimos sobre la orilla del mar y esperamos a la divina Eos durmiendo allí. 

Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, deambulamos de admiración por la isla. Echamos un vistazo a la tierra de los Cíclopes que estaban cerca y vimos el humo de sus fogatas y escuchamos el balido de sus ovejas y cabras. Y cuando Helios se sumergió y sobrevino la oscuridad, nos echamos a dormir sobre la ribera del mar. 

Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, convoqué asamblea y les dije a todos: 

—Quedaos ahora los demás, mis fieles compañeros, que yo con mi nave y los que me acompañan voy a llegarme a esos hombres para saber quiénes son, si soberbios, salvajes y carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad para con los dioses. 

Así dije, y me embarqué y ordené a mis compañeros que embarcaran también ellos y soltaran amarras. Y cuando llegamos a un lugar cercano, vimos una cueva cerca del mar, elevada, techada de laurel. Allí pasaba la noche abundante ganado: ovejas y cabras, y alrededor había una alta cerca construida con piedras hundidas en tierra y con enormes pinos y encinas de elevada copa Allí habitaba un hombre monstruoso que apacentaba sus rebaños, solo, apartado, y no frecuentaba a los demás, sino que vivía alejado y tenía pensamientos impíos Era un monstruo digno de admiración: no se parecía a un hombre, a uno que come trigo, sino a una cima cubierta de bosque de las elevadas montañas que aparece sola, destacada de las otras. Entonces ordené al resto de mis fieles compañeros que se quedaran allí junto a la nave y que la botaran. 

Yo escogí a mis doce mejores compañeros y me puse en camino. Llegamos enseguida a su cueva y no lo encontramos dentro, sino que guardaba sus gordos rebaños en el pasto. Conque entramos en la cueva y echamos un vistazo a cada cosa: los canastos se inclinaban bajo el peso de los quesos, y los establos estaban llenos de corderos y cabritillas. 

Entonces mis compañeros me rogaron que nos apoderásemos primero de los quesos y regresáramos y que sacáramos luego de los establos cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la rápida nave, diéramos velas sobre el agua salada. Pero yo no les hice caso, aunque hubiese sido más ventajoso, para poder ver al monstruo y por si me daba los dones de hospitalidad. Pero su aparición no iba a ser deseable para mis compañeros. 

Así que, encendiendo una fogata, hicimos un sacrificio, repartimos quesos, los comimos y aguardamos sentados dentro de la cueva hasta que llegó conduciendo el rebaño. Traía el Cíclope una pesada carga de leña seca para su comida y la tiró dentro con gran ruido. Nosotros nos arrojamos atemorizados al fondo de la cueva, y él a continuación introdujo sus gordos rebaños, todos cuantos solía ordeñar, y a los machos, a los carneros y cabrones, los dejó a la puerta, fuera del profundo establo. Después levantó una gran roca y la colocó arriba, tan pesada que no la habrían levantado del suelo ni veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan enorme piedra colocó sobre la puerta! Se sentó luego a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras. Cuando hubo realizado todo su trabajo prendió fuego, y al vernos nos preguntó: 

—Forasteros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís navegando los húmedos senderos? ¿Andáis errantes por algún asunto, o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la aventura exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras? 

Así habló, y nuestro corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a él mismo, al gigante. Pero le contesté con mi palabra y le dije: 

—Somos aqueos y hemos venido errantes desde Troya, zarandeados por toda clase de vientos sobre el gran abismo del mar, desviados por otro rumbo, por otros caminos. Hemos dado contigo y nos hemos llegado a tus rodillas por si nos ofreces hospitalidad y nos das un regalo, como es costumbre entre los huéspedes. 

Así hablé, y él me contestó con corazón cruel: 

—Eres estúpido, forastero, o vienes de lejos, tú que me ordenas temer o respetar a los dioses, pues los Cíclopes no se cuidan de Zeus, portador de égida, ni de los dioses felices. Pues somos mucho más fuertes. No te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros, si el ánimo no me lo ordenara, por evitar la enemistad de Zeus. 

Se lanzó y echó mano a mis compañeros. Agarró a dos a la vez y los golpeó contra el suelo como a cachorrillos, y sus sesos se esparcieron por el suelo empapando la tierra Cortó en trozos sus miembros, se los preparó como cena y se los comió, corno un león montaraz. 

Cuando el Cíclope había llenado su enorme vientre de carne humana y leche no mezclada, se tumbó dentro de la cueva, tendiéndose entre los rebaños. Entonces yo tomé la decisión en mi magnánimo corazón de acercarme a éste, sacar la aguda espada de junto a mi muslo y atravesarle el pecho por donde el diafragma contiene el hígado. Pero me contuvo otra decisión, pues allí hubiéramos perecido también nosotros con muerte cruel: no habríamos sido capaces de retirar de la elevada entrada la piedra que había colocado Así que llorando esperamos a Eos divina. Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se puso a encender fuego y a ordeñar a sus insignes rebaños. Luego que hubo realizado sus trabajos, agarró a dos compañeros a la vez y se los preparó como desayuno. Y cuando había desayunado, condujo fuera de la cueva a sus gordos rebaños retirando con facilidad la gran piedra de la entrada Y la volvió a poner corno si colocara la tapa a una aljaba. Y mientras el Cíclope encaminaba con gran estrépito sus rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando males en lo profundo de mi pecho. 

Y esta fue la decisión que me pareció mejor. Junto al establo yacía la enorme clava del Cíclope, verde, de olivo; la había cortado para llevarla cuando estuviera seca. Al mirarla la comparábamos con el mástil de una negra nave de veinte bancos de remeros. Me acerqué y corté de ella como una braza, la coloqué junto a mis compañeros y les ordené que la afilaran. Estos la alisaron y luego me acerqué yo, le agucé el extremo y después la puse al fuego para endurecerla. La coloqué bien cubriéndola bajo el estiércol que estaba extendido en abundancia por la cueva. Después ordené que sortearan quién se atrevería a levantar la estaca conmigo y a retorcerla en su ojo cuando le llegara el dulce sueño, y eligieron entre ellos a cuatro, a los que yo mismo habría deseado escoger. Y yo me conté entre ellos como quinto. 

Llegó el Cíclope por la tarde e introdujo en la amplia cueva a sus gordos rebaños. Después colocó la gran piedra que hacía de puerta. Y se sentó a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras. Luego que hubo realizado sus trabajos agarró a dos compañeros a la vez y se los preparó como cena. Entonces me acerqué y le dije al Cíclope, sosteniendo entre mis manos una copa de negro vino: 

—¡Aquí Cíclope! Bebe vino después que has comido carne humana, para que veas qué bebida escondía nuestra nave Te lo he traído como libación, por si te compadecías de mí y me enviabas a casa. 

 Así hablé, y él la tomó. Bebió y gozó terriblemente bebiendo la dulce bebida. Y me pidió por segunda vez: 

—Dame más de buen grado y dime ahora ya tu nombre. 

—Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Te lo voy a decir, mas dame tú el don de hospitalidad. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros. 

—A Nadie me lo comeré el último entre sus compañeros. Y a los otros antes. Este será tu don de hospitalidad. 

Dijo. Y reclinándose cayó boca arriba. Estaba tumbado con su robusto cuello inclinado a un lado, y de su garganta saltaba vino y trozos de carne humana. 

Entonces arrimé la estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara y comencé a animar con mi palabra a todos los compañeros, no fuera que alguien se me escapara por miedo Y cuando en breve la estaca estaba a punto de arder en el fuego, verde como estaba, y resplandecía terriblemente, me acerqué y la saqué del fuego, y mis compañeros me rodearon, pues sin duda un dios les infundía gran valor. Tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo. Lanzó un gemido grande, horroroso, y la piedra retumbó en tomo, y nosotros nos echamos a huir aterrorizados.

 Entonces se extrajo del ojo la estaca empapada en sangre y, enloquecido, la arrojó de sí con las manos. Y al punto se puso a llamar a grandes voces a los Cíclopes que habitaban en derredor suyo, en cuevas por las ventiscosas cumbres. Al oír estos sus gritos, venían cada uno de un sitio y se colocaron alrededor de su cueva y le preguntaron qué le afligía: 

—¡Qué cosa tan grande sufres, Polifemo, para gritar de esa manen en la noche inmortal y hacemos abandonar el sueño! ¿Es que alguno de los mortales se lleva tus rebaños contra mi voluntad o te está matando alguien con engaño o con sus fuerzas?

 Y les contestó desde la cueva el poderoso Polifemo: 

—Amigos. Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas. 

—Pues si nadie te ataca y estás solo es imposible escapar de la enfermedad del gran Zeus, pero al menos suplica a tu padre Poseidón, al soberano. 

Así dijeron, y se marcharon. Y mi corazón rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi nombre y mi inteligencia irreprochable! 

Odisea, Canto IX, vv. 105-415 (selección), traducción de José Luis Calvo


sábado, 16 de octubre de 2021

LA ODISEA: EL PAÍS DE LOS FEACIOS


 Durante diecisiete días estuvo Ulises en alta mar. Al decimoctavo pudo avistar tierra. Como Poseidón aún estaba furioso con él, le mandó fuertes vientos que encresparon las olas e hicieron zozobrar la balsa. Ulises logró enderezarla. Durante un momento creyó que lograría llegar a tierra. Sus esperanzas se esfumaron de inmediato porque estalló una fuerte tormenta. 

La nereida Ino contemplaba la lucha del marino contra las olas y, compadecida de él, decidió ayudarlo. 

Instantes después Ulises vio que un pájaro surgía del mar y se posaba en la balsa. Era Ino, que se había transformado. 

–Escucha bien, Ulises. –La voz de la nereida era imperiosa–. Despójate de tus andrajos y abandona la balsa. Nada con todas tus fuerzas hasta llegar a la tierra de los feacios. Te salvarás, pues así lo ha determinado la Moira. 

Acto seguido la diosa le entregó un velo. 

–Extiéndelo bajo tu pecho y, cuando toques tierra firme, arrójalo tan lejos como puedas en el mar. Al hacerlo vuélvete hacia el otro lado. 

Dicho esto, la diosa volvió a sumergirse en el agua y las negras olas la cubrieron. 

Cuando unos días después el viento se hizo más débil, Ulises hizo lo que Ino le aconsejó y se lanzó al mar. Durante un buen rato luchó contra el cruel oleaje, mayor a medida que se acercaba a la costa. Finalmente pudo llegar hasta la desembocadura de un río. El dios fluvial le dio paso y Ulises pudo por fin alcanzar la orilla. Luego se escondió entre unos arbustos y se sumió en un sueño profundo. 

Lo despertaron unas voces juveniles. Ulises se incorporó y espió entre los arbustos. Junto al río había varias muchachas que jugaban a pelota. Alertado por aquella agradable presencia, el náufrago cubrió su cuerpo con unas cuantas hojas y salió de su escondite. 

De entre todas las doncellas había una que destacaba por su belleza y su aspecto regio. Ulises se volvió hacia ella y le habló con dulzura. 

– En gran apuro me encuentro, señora. Necesito algunas ropas. Os ruego por ello que me indiquéis dónde queda la ciudad para que me procure el auxilio necesario y pueda volver a mi patria. 

La joven contempló al extranjero. A pesar de su aspecto no le suscitaba temor alguno, al contrario. 

–Soy la princesa Nausícaa, hija del rey Alcínoo. Esta es la tierra de los feacios. Somos, como comprobaréis, un pueblo de navegantes. Os indicaré donde queda la ciudad pero antes os daré, como pedís, ropas limpias. Estáis de suerte, pues justo hoy hemos lavado todas las prendas que hay en palacio. 

Ulises se lavó en el río y se quitó la costra de sal que recubría su cuerpo. Una vez lavado y vestido, se sentó algo apartado, junto a la orilla del mar. Nausícaa lo contempló con detenimiento. Era un hombre apuesto, a pesar de que ya no era del todo joven. 

–Ojalá alguien así fuera llamado mi esposo y quisiera quedarse en esta tierra –suspiró Nausícaa–. Ahora, dad de comer y de beber al extranjero. 

Así hicieron las criadas. Cuando terminó de comer, la princesa llamó a Ulises. 

–Te conduciré a la casa de mi padre, extranjero. Yo iré dirigiendo el camino mientras vayamos por los campos, pero al avistar la ciudad habremos de separarnos. Querría yo evitarte que murmuren al verte en mi compañía, pues bien atrevidos y maliciosos son algunos de los feacios. 

Luego le dio instrucciones precisas de lo que debía hacer cuando llegara a palacio. 

Ulises siguió a la princesa y sus sirvientas, que viajaban en carreta. Pronto llegaron a la ciudad. Ulises atravesó el ágora y aguardó en un hermoso bosque que había junto al camino, tal y como Nausícaa le había indicado. Luego volvió al ágora con intención de preguntar a los hombres que allí había cómo llegar al palacio del rey Alcínoo. Antes de que pudiera hacerlo, se le apareció una muchachita que portaba un cántaro. Era en realidad la diosa Atenea, su protectora. 

–Yo te guiaré –se ofreció la niña–, pero has de saber que por aquí no toleran de buen grado a los extraños. 

Luego envolvió a Ulises en una espesa niebla para que pudiera caminar sin ser visto. 

Al cabo de un rato llegaron al palacio del rey, muy rico y hermoso, tanto que las puertas tenían un llamador de oro. La diosa se detuvo. 

–En este momento los reyes están celebrando un banquete –le advirtió a Ulises–. Primero encontrarás a la reina Arete y luego al rey Alcínoo. Arete es una mujer admirada y poderosa, de modo que, si ella te acoge de manera favorable, podrás ver muy pronto a los tuyos. 

Después de hablar así, Atenea se marchó. 

Ulises atravesó con comodidad las puertas y el patio y también un huerto cercado lleno de árboles frutales y verduras de todo tipo, pues aún estaba envuelto en niebla. 

En la casa, los príncipes y los nobles estaban ya a punto de retirarse. Ulises distinguió a los reyes, ya que ambos estaban sentados en el lugar principal, en lujosas sillas adornadas con clavos de plata. 

Se acercó a ellos y rodeó con sus brazos las rodillas de Arete. En ese momento la niebla que lo protegía se deshizo y los feacios se asombraron al ver surgir como de la nada a aquel extraño que suplicaba a la reina con palabras elocuentes. 

–¡Oh, bondadosa soberana, noble entre las nobles! –decía–. Hace años que peno por volver a mi patria. Si supierais cuánto he pasado...Os ruego que me ayudéis a regresar a mi hogar. ¡Deseo tanto ver a los míos! 

Luego de haber hablado, se echó en el suelo sobre las cenizas de la chimenea en señal de humildad. 

El más anciano de los feacios, el viejo Equineo, sugirió a Alcínoo que tratara al forastero con la dignidad debida y le diera de comer y de beber. Así hizo el noble Alcínoo, que despidió a los invitados con buenas palabras. 

Los invitados se fueron a dormir y en el palacio quedó Ulises a solas con Arete y Alcínoo. La reina se dirigió a él. No le había pasado desapercibido que Ulises vestía ropas que ella misma había tejido con sus sirvientas. 

–Extranjero, ¿quién eres, de qué gentes y de dónde? ¿Quién te dio esas ropas? Porque tú dices que llegaste hasta aquí después de vagar por alta mar... 

– Me las dio vuestra hija, Nausícaa – respondió Ulises. 

A continuación le contó que venía de la isla de Ogigia y que una tormenta había destrozado su balsa. 

–Luego me lancé al agua y pude llegar a la orilla de un río. Allí me dormí, entre los arbustos. Al despertar encontré a vuestra bella hija. La princesa me dio de comer, de beber y estas ropas. Luego me invitó a seguirla en compañía de las sirvientas hasta tu casa, pero no quise hacerlo por preservar su honor. Antes de entrar a la ciudad nos separamos para evitar las habladurías de las gentes. 

Alcínoo asistió satisfecho por la discreción de Ulises y se dirigió a él. 

–Ojalá me concedieran los dioses que quisieras quedarte aquí y llamarte mi yerno, pues yo te daría casa y riquezas. Pero contra tu voluntad no te retendrán los feacios. Estos te llevarán a tu patria y a tu hogar, donde quiera que esté, no sin antes agasajarte como corresponde. Duerme tranquilo esta noche. 

Mientras hablaban Ulises y Alcínoo, Arete dispuso un lecho en el atrio y lo cubrió con gruesas colchas y mantas de lana. Pronto los reyes se retiraron a sus aposentos y dejaron descansar al sufrido Ulises. 

Al amanecer, Alcínoo condujo a su invitado al ágora de la ciudad y aguardaron allí. Pronto acudieron los señores y caudillos de los feacios. Cuando llegaron todos, el rey se puso en pie y les habló. 

–Escuchadme bien. Este hombre llegó anoche a mi palacio. Suplica que le ayudemos a regresar a su patria. Yo digo que echemos al mar una nave nueva y sean escogidos cincuenta y dos de nuestros mejores jóvenes. Mientras preparamos su partida, vayamos a mi mansión y celebremos un banquete. Llamad también al aedo Demódoco para que nos deleite con su canto. 

Pronto el palacio se llenó de hombres, jóvenes y ancianos. Para alimentar a los comensales Alcínoo mandó sacrificar doce ovejas, ocho cerdos y dos bueyes. Demódoco llegó poco después de que empezara la fiesta. Cantaba inspirado por la Musa que, aunque le había privado de la vista, le había dado el don del canto. 

Cuando todos se hubieron saciado, cantó Demódoco la historia de los griegos y la disputa entre el Pelida Aquiles y Ulises en el banquete en honor de los dioses, pues Ulises sostenía que solo con la astucia se ganaría la guerra y no por la fuerza, como defendía Aquiles, y cómo se alegraba Agamenón de que discutieran entre sí los mejores de los aqueos. 

Mientras cantaba el aedo, Ulises se cubría la cabeza con el manto y gemía y lloraba sin cesar. Solo el rey Alcínoo se dio cuenta de su pena. Por eso, para distraer a Ulises, propuso que se celebraran unos juegos. 

Durante un buen rato se entretuvo el extranjero admirando las habilidades de los feacios en la lucha, en las competiciones en las carreras o con el disco. Cuando quedaron satisfechos, Laodamante, uno de los hijos del rey Alcínoo, invitó al extranjero a participar en los juegos. Ulises se resistió. 

Al ver que se negaba a jugar, un hombre llamado Euríalo se burló de él. 

–Dejadlo. No parece un atleta sino un buscavidas. Ulises se ofendió ante semejantes palabras. 

–Mal hablaste. No siempre todo es lo que parece. 

Tras decir esto, tomó un disco enorme y lo lanzó tan lejos que pasó a todos. 

–¡Ahora a ver si lo alcanzáis, jóvenes! Si alguien quiere pelear conmigo que lo diga ya. 

Alcínoo, comprensivo, aplacó a su invitado y prosiguió el aedo Demódoco cantando nuevas historias. 

Por el valor que el extranjero mostró en los juegos y por haber dado una lección a los provocadores, los nobles feacios le hicieron ricos regalos. 

Ulises se aplacó y marchó a la casa a bañarse. Luego, ricamente vestido con nuevas prendas, se dispuso a volver junto al rey, su benefactor. Nausícaa se afligió, pues no sabía si tendría oportunidad de volver a hablar con Ulises antes de su partida. 

–No me olvides cuando llegues a tu tierra, Ulises, pues a mí debes tu rescate. Yo, Nausícaa, hija del rey Alcínoo y de la reina Arete, te recordaré siempre. 

Ulises rozó apenas los dedos de la princesa. 

–No debes apenarte de ese modo, pues si por fin sucede que pueda llegar a mi casa, te invocaré como una diosa, ya que tú, y solo tú, me devolviste la vida. 

Después marchó Ulises a sentarse junto al rey Alcínoo. Luego le pidió al aedo que cantase el engaño del caballo de madera que destruyó Troya. 

El ciego aedo así lo hizo y mientras Ulises lo escuchaba, las lágrimas resbalaban por su rostro. El rey, que estaba muy cerca de él, se percató y por ese motivo se dirigió a los feacios. 

–¡Escuchad! Las naves ya están preparadas y todo dispuesto para que parta nuestro huésped. Pero antes de su marcha querría preguntarle quién es, quiénes son sus padres y cuál es su patria, por dónde viajó, qué pueblos conoció y por qué se aflige tanto al oír las desgracias de Troya. 

Ulises contestó con sabiduría. 

–¿Por dónde empezar o acabar mi relato cuando son tantas las desdichas vividas? Ante todo mi nombre os diré. Soy Ulises Laertiada. Mi patria es Ítaca, donde tengo mi casa. Y ahora, tal y como me habéis pedido, os relataré mi viaje de vuelta de las tierras de Troya y de todos los males y sufrimientos que me impuso el gran Zeus hasta arribar a esta tierra. 

Así hizo Ulises y le habló de los cicones y los lotófagos, de Polifemo, de los lestrigones, de Circe, de su descenso al Hades, de la isla de las sirenas, de Escila y Caribdis, de Calipso, de cómo construyó la balsa con la que se marchó de Ogigia y de su naufragio. 

Aquí se interrumpió el discurso de Ulises. 

El rey Alcínoo estaba muy impresionado. Por eso pidió a los feacios que ofreciesen nuevos regalos al extranjero, un trípode y un caldero, y estos accedieron. Luego, vencidos por el sueño, se marcharon a su casa. 

Al amanecer caminaron todos hacia el bajel que devolvería a Ulises a su patria y cargaron los regalos. Cuando volvieron al palacio de Alcínoo, inmolaron un buey en honor a Zeus y celebraron un banquete. 

Ulises aguardaba impaciente a que se pusiera el sol, pues ansiaba el regreso a su patria. Al fin habló y apremió a los feacios a que apresuraran la partida y le ayudasen a regresar a su tierra. Los feacios hicieron libaciones invocando a los dioses y así se despidieron del extranjero. 

Embarcó Ulises y, tendido en un lecho que le prepararon con lienzos de lino, entró en un sueño dulcísimo, muy profundo. 


LA ODISEA: LA ISLA DE CALIPSO


Ulises descubrió muy pronto que la isla de Ogigia era un auténtico paraíso. Había árboles frondosos por todas partes en los que anidaban multitud de pájaros que cantaban alegremente. A medida que se fue adentrando en la espesura, Ulises descubrió nuevos paisajes, prados salpicados de flores y muchas vides cuajadas de uvas. De la tierra surgían cuatro fuentes de aguas cristalinas. Un olor dulce, como a madera quemada, se extendía por toda la isla. 

Pronto llegó Ulises a un agradable lugar donde había una gruta. En la puerta, una mujer de belleza sobrehumana tejía. Tenía hermosas trenzas que caían a ambos lados del rostro. La joven comenzó a entonar una canción con voz muy dulce. Ulises se acercó, embelesado. Cuando terminó su canto, se levantó y se dirigió a él. 

–Te esperaba, Ulises. Pasa y caliéntate junto al fuego. 

–¿Quién eres? –preguntó el náufrago–. ¿Cómo sabes mi nombre? Sin duda eres una diosa, a juzgar por tu belleza y dones. 

–Soy la ninfa Calipso, hija de Atlas, y reino en esta isla, de nombre Ogigia. Ven conmigo. Mis sirvientas te darán ropa limpia y también de comer y beber. 

Cuando Ulises se hubo vestido y saciado, la ninfa le ofreció su propio lecho. 

Ulises permaneció en Ogigia siete años. Durante ese tiempo le relató a Calipso sus aventuras en Troya. Ella lo escuchaba con atención, fascinada. Era obvio que se había enamorado de él. La ninfa le pidió muchas veces que se quedara allí para siempre y que se olvidara de volver a Ítaca. 

–Eres feliz aquí. En mi isla tienes cuanto necesitas. Sé mi esposo, Ulises. A cambio te daré el don de la inmortalidad. 

Ulises miraba a Calipso. Su dulce voz era tentadora. Era difícil decidirse, pero él nunca accedió a sus ruegos. 

–Calipso, eres la criatura más bella que he visto jamás. Cualquier mortal se sentiría afortunado de tenerte como esposa, pero no puedo quedarme aquí para siempre. Tampoco tengo suficientes méritos para eludir la muerte y la decrepitud de la vejez y convertirme en un inmortal. Todo lo que deseo, amada diosa, es regresar a mi patria, donde me aguardan mi mujer y mi hijo, y también mi padre. 

La ninfa insistía. Intentaba persuadirlo con bellas palabras pero nunca consiguió quebrantar la voluntad de Ulises, pues su deseo de llegar a Ítaca y ver a los suyos era mayor que la devoción que ella le inspiraba, muy grande pese a todo. 

Finalmente, cuando ya comenzaba el octavo año, la ninfa le dijo que era libre para marcharse, a pesar del dolor que su partida le causaba, pues le amaba mucho. 

–Necesitarás una embarcación, Ulises ¿Ves aquellos árboles de allí? –Calipso señalaba con sus largos dedos unos árboles de tronco recto y liso– Córtalos. Sobre ellos navegarás rumbo a tu hogar. 

Ulises tardó cuatro días en construir la embarcación. Luego, cuando la tuvo preparada, la cargó con víveres y agua y se despidió de la diosa. 

–He sido feliz aquí, como dijiste, Calipso. –La emoción le impedía pronunciar palabra. 

Luego subió a la balsa y partió. Las lágrimas corrían abundantes sobre su rostro pero Calipso, que quedó en la playa, ya no podía verlas. 


DANZAS DE LA MUERTE

DUQUE: ¡O qué malas nuevas son estas sin falta Que ahora me traen que vaya a tal juego! Yo tenía pensado de hacer batalla, Espérame un poco,...